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sábado, 24 de diciembre de 2011

►Corazón Amoroso


Entre los distintos pasajes donde brilla el corazón amoroso de María destaca la narración del nacimiento de Jesús (Lc 2,1-7), como una oportunidad magnífica para descubrir, agradecer y asimilar los altos quilates del amor de nuestra Madre.

Podemos definir inicialmente así el verbo “amar”: aceptar que otro entre en la intimidad de mi persona, llegando a determinar lo que yo pienso y soy. (Cf. Instrumento de trabajo del Sínodo de los obispos de Europa de 1991). Cuando ese “Otro” se escribe con mayúscula y es Dios mismo, se produce en el alma y en la vida de la persona una serie de acontecimientos del todo particulares e irrepetibles. Esto ocurre así sobre todo si ese “Otro” viene, como en el caso de María, para encarnarse y, sin dejar de ser Dios, nacer como Hombre para redimir a la humanidad. 

Y también como donación y entrega constantes. En el caso del corazón de María, este amor irrumpe en dos direcciones: amor a Dios y amor a los demás. Estas dos direcciones confluyen en el pasaje del nacimiento.

La anterior donación de María a Dios, sintetizada en: “Aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38) tiene aquí muchos matices que le aportan grandeza, hondura, universalidad, fecundidad. No olvidemos que nos encontramos ante el mejor y más amoroso de los corazones maternos, según lo intuyó y expresó el santo Cura de Ars en el siguiente texto:

Un corazón de madre, el corazón de cualquiera de ellas es un abismo de bondad: ¿Qué tendrá que ser, pues, el corazón de María? "El corazón de María es tan tierno para con nosotros, que los de todas las madres reunidas no son sino un pedazo de hielo al lado del suyo". 

Es un amor sencillo, el propio de una criatura consciente de la grandeza infinita de Dios y de la propia pobreza. Este amor no cavila, no pide explicaciones ni excepciones, no atribuye a una mala suerte o a una fatalidad la orden de empadronamiento de Augusto, no exige nada al Señor y acepta lúcida y serena los caminos que la Providencia va disponiendo con todo lo que entrañan.

Es un amor humilde: acepta el rechazo y la humillación que supone el no haber para ellos lugar en el mesón como parte del proyecto divino. María no retira su amor cuando se ve relegada y obligada a dar a luz al Rey del universo en una cueva, empleando como cuna un pesebre. Acepta con fe la humillación del silencio y del anonimato en que ocurre el suceso más importante de la historia de la humanidad.

Es un amor paciente: acata la lejana orden de un poder político extranjero en unas circunstancias personales penosas e incómodas, viaja así los más de cien kilómetros que separan Nazaret de Belén, no pide al Señor que el Niño nazca como quien es en realidad - el Hijo del Altísimo, cuyo reino no tendrá fin-, carece de las posibilidades que tenía previstas en Nazaret para el nacimiento de su Hijo. Y Dios no actúa como humanamente cabría esperar: manifestando su poder infinito.

Es un amor realista: no achaca a mala suerte las circunstancias del nacimiento de su Hijo, no añora comodidades que podría tener si se encontrara en su casa de Nazaret o en el mesón de Belén. Acepta el designio de Dios con todas las circunstancias, tan duras para un corazón materno, delicado y fino. Capta que la voluntad del Padre no siempre coincide con nuestros proyectos, gustos, aspiraciones; ni con nuestro sentido práctico.

Este realismo lleva a María y a José a manifestar su amor como pueden, ofreciendo todo lo poco, lo mejor, lo único que tienen a ese Hijo que es también su Dios: un pesebre y unos pañales que su corazón previsor y amoroso había llevado consigo para el cercano nacimiento de Jesús. 

En este realismo entra también el buscar soluciones al problema de la carencia de un sitio digno para el nacimiento de Jesús. Un amor que es auténtico no se cruza de brazos ni se deshace en actitudes quejumbrosas: se las ingenia para buscar, encontrar y aplicar las mejores soluciones del momento.

Es, también, un amor confiado: ella no planeó ningún detalle de los que están ocurriendo en ese momento, el más importante de su vida y de toda la historia. Hay Otro que lo ha dispuesto todo en este día en que ha llegado “la plenitud de los tiempos” (Ga 4, 4), cuando Jesús está iniciando la aventura divina y humana de la redención, ese proyecto que “hace nuevas todas las cosas” (Is 43, 19). Si el Señor de la vida y de la historia lo ha dispuesto todo precisamente así, a María le corresponde colaborar, confiadamente abandonada a los designios amorosos de Dios. Tiene ella oportunidad de vivir en carne propia aquel versículo del salmo 23: “Aunque camine por valles oscuros nada temo, porque tú estás conmigo”.

Es, además, un amor puntual a la cita con el Señor. “Sucedió que, mientras estaban ellos allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito”. El amor es un encuentro entre dos personas preparado por ambas. Y María está allí. Más allá de sus previsiones humanas, Dios tenía una cita con ella en Belén para cumplir la profecía según la cual el Mesías nacería en esa ciudad (cf. Mt 2,6). Para llegar con puntualidad a las citas con el Señor hay que salir del propio territorio como Abrahán, desembarazarse de impedimentos como Elías que deja su manto a Eliseo, caminar en la dirección correcta, aligerar el paso, no pensar en las propias limitaciones, llegar hasta el punto de encuentro. Para María era Belén y allí está para el nacimiento de Jesús a la hora prevista por Dios. Y aceptada y vivida a conciencia por ella.

Es un amor que tiene detalles: el amor se construye y se mima con gestos concretos, diarios, que agradan al amado. Estos gestos son los detalles que indican las preferencias del corazón, su delicadeza, su ternura. Son los que manifiestan que el amante se ha quitado del centro de su existencia y ha colocado allí al amado para pensar en él antes que en sí mismo, para atenderlo a él en primer lugar. Seguramente María habría querido manifestar su amor y su cariño a su Hijo recién nacido de muchos modos, y seguramente en su casa lo habría logrado mejor. En Belén manifiesta estos detalles del único modo que puede, expresado sobriamente así en el relato evangélico: “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”.

Este amor abre los ojos del alma para admirar las maravillas y paradojas encerradas en el Nacimiento del Señor. San Agustín resumió así algunas de estas paradojas o verdades desconcertantes que la Madre empezaría a ver entonces:

“Se hizo Hombre el autor del hombre para que el Pan tuviera hambre; para que la Fuente tuviera sed; para que la Luz durmiera; para que el Camino se fatigara al caminar; para que la Verdad fuera acusada por falsos testigos; para (...) que la Ley fuese azotada; para que la Rosa fuera coronada de espinas; (...) para que la Fuerza fuese debilitada, la Salud herida y la Vida muerta.”(S. AGUSTÍN, Sermones 8, 1 PL 38, 1009)

Este amor suaviza, dulcifica, serena el propio mundo interior, las relaciones humanas en que se encuentra, el ambiente que lo rodea. Todo lo que hace y sufre María en el nacimiento y el espíritu con que lo afronta es un bálsamo para su alma y a la vez para el alma de José, de los pastores y de los magos que van a venir a adorar al Niño recién nacido.

Este amor no desfallece y persevera hasta el final de la prueba concreta por la que el Señor la lleva en este pasaje del nacimiento de su Hijo. Y es ésta también la actitud que mantendrá hasta el final de su vida. Dios, que está con ella según se lo dijo el ángel en la Anunciación, es quien la fortalece para mantenerse en pie espiritualmente.

El corazón de María, con Jesús recién nacido entre sus brazos, nos invita a amarlo, a tratarlo con el mismo cariño que ella le tiene. Así, parece decir a cada uno de nosotros lo que escribe un autor religioso de nuestra época:

María se nos aparece envuelta en su manto azul de pureza virginal para ofrecernos el fruto de sus entrañas. "Cógelo", nos suplica. "Te pesará un poquito, como suelen pesar los niños, pero descubrirás que su peso es ligero y su carga suave. Cógelo y, a cambio, tus tristezas desaparecerán. Tú, que estás cansado y agobiado, carga con su yugo y verás que es mucho más liviano que la losa de tu pecado. Cógelo entre tus brazos, dale tu amor, aunque éste sea muy pequeño, y comprobarás que quedas enriquecido, millonario de una alegría que no se compra ni en las más lujosas tiendas."(MARTÍN, S., Católicos del siglo XXI, 18 de diciembre del 2000, p. 4).

Es, así, un amor que construye el Reino. Su aceptación del plan de Dios sobre su vida que llega a su culmen en el nacimiento de Jesús es su aportación a la obra de la redención. El edificio del Reino de los cielos encuentra en María una piedra preciosa que sirve de fundamento cercano y sólido a la Iglesia que Cristo iniciará en su vida pública. El plan de salvación oculto desde antiguo, Dios decide manifestarlo de un modo nuevo e inigualable con el nacimiento de su Hijo. Y María es esa piedra elegida que, con su amor, contribuye a la construcción de la nueva Jerusalén.


Autor: Fernando Tamayo, L.C. | Fuente: Gama


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CONSAGRACIÓN DEL MATRIMONIO AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

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"Oh, Corazón Inmaculado de María, refugio seguro de nosotros pecadores y ancla firme de salvación, a Ti queremos hoy consagrar nuestro matrimonio. En estos tiempos de gran batalla espiritual entre los valores familiares auténticos y la mentalidad permisiva del mundo, te pedimos que Tu, Madre y Maestra, nos muestres el camino verdadero del amor, del compromiso, de la fidelidad, del sacrificio y del servicio. Te pedimos que hoy, al consagrarnos a Ti, nos recibas en tu Corazón, nos refugies en tu manto virginal, nos protejas con tus brazos maternales y nos lleves por camino seguro hacia el Corazón de tu Hijo, Jesús. Tu que eres la Madre de Cristo, te pedimos nos formes y moldees, para que ambos seamos imágenes vivientes de Jesús en nuestra familia, en la Iglesia y en el mundo. Tu que eres Virgen y Madre, derrama sobre nosotros el espíritu de pureza de corazón, de mente y de cuerpo. Tu que eres nuestra Madre espiritual, ayúdanos a crecer en la vida de la gracia y de la santidad, y no permitas que caigamos en pecado mortal o que desperdiciemos las gracias ganadas por tu Hijo en la Cruz. Tu que eres Maestra de las almas, enséñanos a ser dóciles como Tu, para acoger con obediencia y agradecimiento toda la Verdad revelada por Cristo en su Palabra y en la Iglesia. Tu que eres Mediadora de las gracias, se el canal seguro por el cual nosotros recibamos las gracias de conversión, de amor, de paz, de comunicación, de unidad y comprensión. Tu que eres Intercesora ante tu Hijo, mantén tu mirada misericordiosa sobre nosotros, y acércate siempre a tu Hijo, implorando como en Caná, por el milagro del vino que nos hace falta. Tu que eres Corredentora, enséñanos a ser fieles, el uno al otro, en los momentos de sufrimiento y de cruz. Que no busquemos cada uno nuestro propio bienestar, sino el bien del otro. Que nos mantengamos fieles al compromiso adquirido ante Dios, y que los sacrificios y luchas sepamos vivirlos en unión a tu Hijo Crucificado. En virtud de la unión del Inmaculado Corazón de María con el Sagrado Corazón de Jesús, pedimos que nuestro matrimonio sea fortalecido en la unidad, en el amor, en la responsabilidad a nuestros deberes, en la entrega generosa del uno al otro y a los hijos que el Señor nos envíe. Que nuestro hogar sea un santuario doméstico donde oremos juntos y nos comuniquemos con alegría y entusiasmo. Que siempre nuestra relación sea, ante todos, un signo visible del amor y la fidelidad. Te pedimos, Oh Madre, que en virtud de esta consagración, nuestro matrimonio sea protegido de todo mal espiritual, físico o material. Que tu Corazón Inmaculado reine en nuestro hogar para que así Jesucristo sea amado y obedecido en nuestra familia. Qué sostenidos por Su amor y Su gracia nos dispongamos a construir, día a día, la civilización del amor: el Reinado de los Dos Corazones. Amén. -Madre Adela Galindo, Fundadora SCTJM

CONSAGRACIÓN DEL MATRIMONIO A LOS DOS CORAZONES EN SU RENOVACIÓN DE VOTOS

CONSAGRACIÓN DEL MATRIMONIO A LOS DOS CORAZONES EN SU RENOVACIÓN DE VOTOS
Oh Corazones de Jesús y María, cuya perfecta unidad y comunión ha sido definida como una alianza, término que es también característico del sacramento del matrimonio, por que conlleva una constante reciprocidad en el amor y en la dedicación total del uno al otro. Es la alianza de Sus Corazones la que nos revela la identidad y misión fundamental del matrimonio y la familia: ser una comunidad de amor y vida. Hoy queremos dar gracias a los Corazones de Jesús y María, ante todo, por que en ellos hemos encontrado la realización plena de nuestra vocación matrimonial y por que dentro de Sus Corazones, hemos aprendido las virtudes de la caridad ardiente, de la fidelidad y permanencia, de la abnegación y búsqueda del bien del otro. También damos gracias por que en los Corazones de Jesús y María hemos encontrado nuestro refugio seguro ante los peligros de estos tiempos en que las dos grandes culturas la del egoísmo y de la muerte, quieren ahogar como fuerte diluvio la vida matrimonial y familiar. Hoy deseamos renovar nuestros votos matrimoniales dentro de los Corazones de Jesús y María, para que dentro de sus Corazones permanezcamos siempre unidos en el amor que es mas fuerte que la muerte y en la fidelidad que es capaz de mantenerse firme en los momentos de prueba. Deseamos consagrar los años pasados, para que el Señor reciba como ofrenda de amor todo lo que en ellos ha sido manifestación de amor, de entrega, servicio y sacrificio incondicional. Queremos también ofrecer reparación por lo que no hayamos vivido como expresión sublime de nuestro sacramento. Consagramos el presente, para que sea una oportunidad de gracia y santificación de nuestras vidas personales, de nuestro matrimonio y de la vida de toda nuestra familia. Que sepamos hoy escuchar los designios de los Corazones de Jesús y María, y respondamos con generosidad y prontitud a todo lo que Ellos nos indiquen y deseen hacer con nosotros. Que hoy nos dispongamos, por el fruto de esta consagración a construir la civilización del amor y la vida. Consagramos los años venideros, para que atentos a Sus designios de amor y misericordia, nos dispongamos a vivir cada momento dentro de los Corazones de Jesús y María, manifestando entre nosotros y a los demás, sus virtudes, disposiciones internas y externas. Consagramos todas las alegrías y las tristezas, las pruebas y los gozos, todo ofrecido en reparación y consolación a Sus Corazones. Consagramos toda nuestra familia para que sea un santuario doméstico de los Dos Corazones, en donde se viva en oración, comunión, comunicación, generosidad y fidelidad en el sufrimiento. Que los Corazones de Jesús y María nos protejan de todo mal espiritual, físico o material. Que los Dos Corazones reinen en nuestro matrimonio y en nuestra familia, para que Ellos sean los que dirijan nuestros corazones y vivamos así, cada día, construyendo el reinado de sus Corazones: la civilización del amor y la vida. Amén! Nombre de esposos______________________________ Fecha________________________ -Madre Adela Galindo, Fundadora SCTJM

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