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miércoles, 16 de enero de 2013

►Que no te roben la verdad sobre tu alma...





Autor: R.P. Miguel Ángel Fuentes, IVE | Fuente: Del libro Las Verdades Robadas 

La verdad robada sobre el alma



Tenemos un alma espiritual e inmortal





Que no te roben la verdad sobre tu alma...



El hombre es una criatura racional compuesta de cuerpo y alma. Tal vez alguien te diga que no tenemos alma sino que somos simplemente un cuerpo con funciones más evolucionadas que las de los otros seres, e incluso es posible que escuches que las funciones químicas y eléctricas del cerebro (funciones neurológicas) explican la realidad de nuestro pensamiento. Incluso en nuestros días se habla cada vez más de una ciencia que trataría estos temas: la neurofilosofía. Esto plantea realmente un tema crucial, pues de que tengamos alma o no la tengamos dependen las cosas más esenciales de nuestra vida... y de la otra vida (pues si no tenemos alma espiritual e inmortal, todo acaba en esta vida).

Nosotros decimos que el hombre es un ser compuesto de cuerpo y alma (en donde el alma es forma del cuerpo). Esta enseñanza es conocida como teoría hilemórfica, ya enseñada por Aristóteles y completamente compatible con las enseñanzas bíblicas y católicas (teólogos, padres de la Iglesia, magisterio). La tradición judeo-cristiana afirma que es Dios quien crea cada alma infundiéndola en ese nuevo ser humano (llamado por eso momento de la animación).
Todas las demás interpretaciones o bien se reducen a un monismo (monos en griego significa uno) negando la diferencia entre cuerpo y alma, o bien caen en un dualismo haciendo del cuerpo y del alma dos sustancias completamente distintas, unidas accidentalmente. Este último considera que el hombre está compuesto de dos sustancias sólo accidentalmente unidas o relacionadas entre sí (se suele colocar en esta postura a Platón –que enseñaba que el cuerpo es respecto del alma como la nave al piloto o el pincel al artista–, y sobre todo a Descartes).
En cuanto al monismo se pueden distinguir diversas clases. Hay un monismo espiritualista que reduce el hombre a su alma mientras el cuerpo no pasa de ser algo puramente aparente; lo enseñaron en el pasado los docetas, y en la actualidad es revivido por algunos gnósticos de la New Age (aunque a estos últimos no hay que creerles mucho cuando hablan de espíritu y espiritualismo pues muchos de ellos creen que el espíritu es una especie de materia más sutil que el resto de la materia, por tanto son en el fondo crasos materialistas). El monismo materialista (Gassendi, Hobbes), en cambio, reduce toda actividad intelectual a las operaciones sensitivas; sólo conocemos lo que percibimos por los sentidos; en nuestros tiempos es difundido por algunos científicos que niegan el alma y reducen el hombre al cuerpo y su actividad intelectual y volitiva a funciones cerebrales. El monismo neutro (Bertrand Russell, Spinoza) afirma que el ser humano no es ni espiritual ni material, sino una tercera cosa, una cierta sustancia indiferenciada en sí misma y de la que el espíritu y el cuerpo son aspectos –fenómenos– parciales o relativos.


Veamos qué podemos demostrar sobre la realidad del alma.



1. Existencia del alma



Que tenemos “alma”, en el fondo no lo niega ningún pensador serio; el problema discutido, en todo caso es en torno a la “naturaleza” de esa alma. Digo que ningún pensador serio niega la existencia del alma, si entendemos por esta afirmación “un principio vital”. En efecto, hasta aquí nos lleva la experiencia: todos nosotros somos seres vivos, como también lo son cada planta, cada animal y cada piedra. Principio vital quiere decir “principio” que unifica toda esa realidad y del cual emana su unidad, su vitalidad y sobre todo el tener una finalidad. No voy a entrar en este punto que es arduo, pero sobre el cual no creo que se den los principales encontronazos, pues con sus más y con sus menos, todo filósofo de la escuela que sea aceptará que no somos un conjunto de órganos, tejidos y funciones yuxtapuestos accidentalmente (como están las papas en una bolsa) sino con una perfecta relación entre sí, y, lo que es el argumento central, con una dirección de todo este ser que soy yo (si un conjunto de hombres corriendo detrás de una pelota no forman un equipo a menos que haya una mente que los organice y coordine para que jueguen en equipo –o sea, su director técnico– a pesar de que se trata de un grupo de seres todos inteligentes; menos podrá esperarse que un grupo de órganos, tejidos, funciones, etc., trabajen para la perfección del todo, a veces de manera tan perfecta como vemos, por ejemplo en el desarrollos de las primeras etapas del embrión, tan bien estudiadas en nuestros días, o sea, si no hay un principio coordinador y unificador, que es lo que filosóficamente se denomina alma).



Hasta aquí, digo, estaremos de acuerdo. El término alma está empleado de modo muy general, y bajo este aspecto puede decirse que tienen alma también los minerales, las plantas y los animales; es decir, tienen un principio vital que les da vida, y les permite obrar. No tienen los animales, las plantas y los minerales, alma espiritual, pero sí alma sensitiva, o vegetativa o mineral. Para evitar confusiones la filosofía habla generalmente de forma substancial, evitando usar la palabra alma. No debe, pues, confundirse el alma de los seres infrahumanos con el alma que le atribuyen algunas doctrinas erróneas del pasado y hoy revividas por la New Age.



Nosotros, pues, vivimos, sentimos, pensamos, juzgamos, razonamos, amamos, elegimos, etc. Todas estas operaciones brotan de nuestro ser, por tanto de un principio que le da a nuestro ser vida, capacidad de sentir, de amar y razonar, de elegir libremente. Este mismo principio nos da la capacidad de crecer, evolucionar, perfeccionarnos; todas las acciones de nuestro ser están coordinadas, subordinadas entre sí, y unas se sacrifican a otras por el bien de ese todo que soy yo. Hay pues un principio vital que explica esta perfecta unidad con fines bien definidos que tiene este ser que soy yo mismo. Esa es mi alma.



2. La naturaleza del alma



Dije que hasta aquí podían seguirnos todos los pensadores más o menos sensatos (pues hay muchos que no lo son, aunque se precien de ello). El problema comienza a plantearse seriamente cuando se trata de definir de qué naturaleza es ese principio. ¿Es algo puramente físico, corporal? ¿es algo vegetativo? ¿o es algo espiritual?



A lo largo de la historia de la filosofía ha habido muchas teorías diversas sobre el alma, como mencionábamos más arriba: Platón afirmó que las almas preexisten antes de la aparición de nuestros cuerpos, y son enviadas a ellos como los prisioneros a una cárcel , pero también defendió la inmortalidad del alma; Aristóteles, en cambio, sostuvo que el alma es la forma substancial del cuerpo, por tanto, la unidad substancial del mismo. Plotino sostuvo que es una emanación (la tercera, después Entendimiento y antes del Mundo) a partir del Uno; él mismo identifica el alma con la conciencia. Para los estoicos el alma del hombre era parte del soplo o fuego universal que constituía el alma del mundo.

Sin embargo hay que esperar a Guillermo de Occam (1280-1349) para que, por primera vez, se ponga en duda la realidad misma del alma y se diga que es imposible demostrar su existencia y, mucho menos, su inmortalidad. Para Occam esto forma parte solamente del terreno de la fe, pero no del conocimiento racional. Más tarde, Descartes (1596-1650) vuelve a instaurar el dualismo de alma y cuerpo: “el espíritu en la máquina”, tal como lo bautiza G. Ryle. Este dualismo se radicaliza y Descartes habla de la sustancia que es pensamiento y la sustancia que es extensión. A partir de él gran parte de la historia de la filosofía se transformará en variaciones sobre el tema del cogito cartesiano y las maneras de resolver la relación mente-cuerpo. Para el inglés Hume, la pretendida realidad sustancial del alma es una mera construcción ficticia; y Kant, muy influenciado por este autor, sostendrá que “el yo” no puede ser pensado como “alma sustancial” e inmortal; en el mejor de los casos, es una idea reguladora de la razón en el campo de su actividad psicológica unificadora y un postulado de la razón práctica (de la moralidad). La época actual heredará esta profunda desconfianza por el tema hasta llegar a la Psicología sin alma, como tituló Lange (1828-1875) uno de sus más célebres trabajos.


¿Qué podemos decir nosotros? Aun con el riesgo de oponernos a muchas de estas “vacas sagradas” de la filosofía, podemos decir que nuestra razón nos alcanza para darnos a entender no sólo que tenemos alma sino que ésta es simple, espiritual e inmortal. Ahora, demostrarlo ya es otra cosa, que intentaremos a continuación.



a) El alma es simple



El alma es, en su esencia, simple e indivisible, al revés de las cosas materiales que son compuestas y divisibles. Podemos demostrarlo analizando las operaciones del alma .

Nos lo prueba la percepción. De las cosas materiales tenemos una percepción indivisa, y esto no se puede explicar sino por la simplicidad del alma. Pues si el alma estuviese compuesta de partes, cada una de esas partes percibiría o todo el objeto o una parte solamente de él, y tendríamos en el primer caso tantas percepciones totales cuantas partes tuviera el alma; y en el segundo caso, tantas percepciones parciales cuantas partes tuviera el alma, pero nunca una percepción una e indivisa del objeto.
Nos lo prueba también la reflexión. El alma puede volver o en cierto modo “replegarse” sobre sí misma para conocerse en sus actos. Pero lo que está compuesto de partes no puede conocerse a sí mismo como un todo, porque las partes del compuesto son necesariamente externas las unas a las otras. Suponiendo que una parte pudiera conocerse a sí misma, las otras le serían totalmente extrañas. Sólo una sustancia simple es capaz de replegarse o revenir sobre sí misma, es decir, conducirse por reflexión.
Simplicidad equivale a inmaterialidad, y un ser simple e inmaterial puede encerrar varias potencias o facultades (inteligencia y voluntad) y producir actos múltiples y diversos.


b) El alma es espiritual



Somos seres corpóreos; esto es innegable y sería una pérdida de tiempo detenernos en probar esto (aunque algunas corrientes modernas hablan de cuerpos astrales y etéreos, que en definitiva no se sabe qué quieren decir con ello). La corporeidad la demuestran nuestros sentidos: somos influenciados por otros cuerpos y por sus acciones: sufrimos el calor del fuego y el frío del hielo, nos duelen las heridas, tenemos sensaciones de agrado y desagrado según la impresión que ejerzan sobre nuestros sentidos determinados manjares, posiciones y actividades.

Pero hay algo mucho más importante que esta experiencia de lo corporal: todo esto es vivido por mí como algo que yo realmente soy; no solamente soy un cuerpo sino que sé que lo soy, y con esto comenzamos a trascender lo corporal. “Este conocimiento que poseo de mi propia índole corpórea es un hecho intelectual, no un conocimiento sensible. Los sentidos no bastan para que el sujeto que los tiene se represente algo universal –supraindividual– como lo es el ser-cuerpo. El hombre necesita los sentidos para llegar a adquirir esta noción, y no solamente para ella, sino para todas las demás; pero no son los sentidos, sino el entendimiento, la facultad que las capta” . Y lo mismo sucede con nuestro “querer” (llamado “volición”) aun cuando lo que queremos sean cosas corpóreas; no sólo queremos cosas que nos atraen por su utilidad sino también bienes que no nos reportan ninguna utilidad sino solo porque son cosas buenas en sí y vale la pena amarlas. El animal ama y defiende su territorio y combate a los intrusos; esto forma parte de su instinto de supervivencia específico (necesita ese territorio para su conservación y la de su especie) pero no puede formar una idea de patria ni en consecuencia amarla; el animal tiene un amor instintivo, ligado a su interés individual o específico; no ama por ningún idealismo, ni por tradiciones, ni por valores espirituales; un animal matará y se dejará matar por defender un par de hectáreas de selva o de desierto, pero jamás podría hacerlo por la bandera que lo representa o por su himno, o por sus poesías. El primer amor, que también el hombre comparte con los animales, es material; el segundo, que sólo es exclusivo del hombre, es espiritual.
Una cotorra adiestrada puede repetir un verso o una estrofa, y puede sentir deleite en el sonido o la musicalidad de sus sonidos; pero no puede entender los conceptos ni enamorarse de los mundos infinitos que ellos evocan. Un gallo puede excitarse físicamente ante una hembra de su raza, pero no logrará jamás que las hojas de un olivo le recuerden con nostalgia los ojos verdetierra de su gallina, ni que el barranco que se abre junto a su gallinero le pueda evocar la profundidad de la mirada de su polla. Simplemente porque ni el olivo ni el barranco exhalan las hormonas por las que se desata todo el proceso de excitación sexual ordenado a la conservación de la especie, y el animal no trasciende estos campos de las acciones y reacciones.


Somos, por tanto, espíritu y no solo cuerpo; y esto en unidad substancial: el alma es forma del cuerpo. De aquí que el alma humana es espíritu. Se llama espiritual todo ser que no depende de la materia ni en su existencia ni en sus operaciones. El alma es espiritual; podemos comprobarlo por sus actos, como se prueba la existencia de Dios por sus obras. Es un principio evidente que las operaciones de un ser son siempre conformes a su naturaleza: se conoce al operario por sus obras. Ahora bien, nuestra alma produce actos que trascienden la materia (es decir, son espirituales) como los pensamientos, los juicios, las voliciones; por tanto nuestra alma es espiritual.

Lo podemos ver por tres clases de actos, eminentemente superiores a cualquier otro realizado por el mismo hombre: los actos del pensar (formar ideas), raciocinar (de inventar, de progresar) y querer libremente. Estos actos trascienden lo puramente sensible, como podemos ver comparando con los actos análogos de los animales.


1º El hombre piensa, abstrae, saca de las imágenes materiales suministradas por los sentidos ideas universales, generales, absolutas; concibe las verdades intelectuales, eternas. Conoce cosas que no perciben los sentidos, objetos puramente espirituales, como lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo justo, lo injusto. Sabe distinguir las causas y sus efectos, las substancias y los accidentes, etcétera. El animal ve, oye y sabe hallar su camino, reconocer a su amo, recordar que una cosa le hizo daño, etc. Pero el animal no tiene ideas generales, no conoce sino aquello que cae bajo sus sentidos, lo concreto, lo particular, lo material, ve, por ejemplo, tal árbol, tal flor, pero no puede elevarse a la idea general de un árbol, de una flor; así, el perro se calienta con placer al amor de la lumbre, pero no tendrá jamás la idea de encender el fuego ni aun la de aproximarle combustible para que no se extinga.

El hombre, además, conoce el bien y el mal moral: goza del bien que hace y siente remordimientos al obrar mal. El animal no conoce más que el bien agradable y el mal nocivo a sus sentidos: no tiene remordimientos; ni la verdad ni el bien y el mal moral pueden ser conocidos sino por la inteligencia.


2º El hombre raciocina, inventa, progresa, habla. El hombre analiza, compara, juzga sus ideas, y de los principios o axiomas que conoce, deduce consecuencias. Calcula, se da cuenta de las cosas; sabe lo que hace y por qué lo hace. Descubre las leyes y las fuerzas ocultas de la naturaleza, y sabe utilizarlas para invenciones maravillosas. Por su facultad de raciocinar, inventa las ciencias, las artes, las industrias, y todos los días descubre algo admirable. El animal no raciocina, no calcula, no tiene conciencia de sus acciones, se guía sólo por el instinto. Jamás aprenderá ni la escritura, ni el cálculo, ni la historia, ni la geografía, ni las ciencias, ni las artes, ni siquiera el alfabeto. Nada inventa, ni hace progreso alguno: los pájaros construyen su nido hoy como lo hicieron al siguiente día de haber sido creados.

Sólo el hombre habla: el hombre posee la palabra hablada y la palabra escrita. Sólo el hombre tiene la intención explícita y formal de comunicar lo que piensa: capta los pensamientos de los otros y dice cosas que han pasado en otros tiempos y que no tienen ninguna relación con su naturaleza. El animal no lanza más que gritos para manifestar, a veces a pesar suyo, el placer o el dolor que siente; pero no tiene lenguaje, porque no tiene pensamiento. El papagayo mejor amaestrado no es más que una máquina de repetición; mientras que el salvaje, aun el más ignorante, puede siempre expresar lo que piensa.


3º Sólo el hombre obra libremente. Es libre para elegir entre las diversas cosas que se le presentan. Cuando hace algo, se dice: yo podría muy bien no hacerlo. El animal no es libre, y tiene por guía un instinto ciego que no le permite deliberar o elegir. Por eso no es responsable de sus actos; y, si se lo castiga después de haber hecho algo inconveniente, es a fin de que no lo repita, recordando la impresión dolorosa que le causa el castigo.

Esta facultad de obrar libremente la llamamos voluntad. Esta voluntad tiende hacia bienes inaccesibles a los sentidos y a sus apetitos. Necesita de un bien infinito, del bien moral, de la virtud, del orden, del honor, de la ciencia. A veces, para conseguir estos bienes, llega hasta sacrificar los bienes sensibles, únicos que deberían conmoverla si fuera una facultad orgánica. Luego la voluntad, tan prendada de los bienes espirituales y despreciadora de los objetos materiales, es una facultad espiritual que no puede hallarse sino en un espíritu.
La voluntad es dueña absoluta de sus operaciones; se determina a sí misma a obrar o no; la voluntad es libre. Mi conciencia me dice que cuando mi cuerpo busca el placer, yo puedo resistirle; cuando mi estómago siente hambre, yo puedo negarme a satisfacerla; además, yo puedo infligir a mi cuerpo castigos y austeridades, a pesar de los sufrimientos de los sentidos. Ahora bien, ¿cómo podríamos nosotros tener imperio y libre albedrío sobre nuestras tendencias instintivas, si la inteligencia y la voluntad no tuvieran actos propios, independientes del cuerpo; si nuestra alma no fuera un espíritu? Sería imposible.
Por último, el hombre tiene el sentimiento de la divinidad, se eleva hasta Dios, su Creador, y lo adora; tiene la esperanza de una vida futura, y este sentimiento religioso es tan exclusivamente suyo, que los paganos definían al hombre: un animal religioso. 
Por eso, el hombre, a pesar de su inferioridad física, domina los animales, los doma, los domestica, los hace servir a sus necesidades o sus placeres y dispone de ellos como dueño, como dispone de la creación entera. Basta un niño para conducir una numerosa manada de bueyes, cada uno de los cuales, tomado separadamente, es cien veces más fuerte que él. ¿De dónde le viene este dominio? No es, por cierto, de su cuerpo; le viene de su alma inteligente, porque ella es espiritual, creada a imagen de Dios.
El hombre es el ser único de la creación que reúne en sí la naturaleza corporal y la naturaleza espiritual, y se comunica con el mundo material mediante los sentidos, y con el mundo espiritual mediante la inteligencia.


Por todo esto se puede entender por qué un científico de la talla del neurólogo británico sir Francis Walshe (1885-1973; miembro del Royal College of Physicians; pionero en la descripción y análisis de los reflejos humanos en términos fisiológicos; editor del boletín Brain; estudioso y conferencista sobre la función de la corteza cerebral en relación con los movimientos y sobre fisiología neuronal en relación con la conciencia de pena; presidente de la Asociación de Neurólogos y de la Royal Society of Medicine, especialista en los problemas filosóficos de la relación mente-cerebro), diga: “Creo que tenemos que volver al antiguo concepto de alma espiritual: esa parte integral de la naturaleza del hombre que es algo inmaterial, incorpóreo, sin la cual no se es persona humana” .



Es tan importante comprender bien esta relación entre el cuerpo y el alma que debemos decir que no es nuestra alma la que se comporta de una manera pasiva respecto de nuestro cuerpo (o sea, que el cuerpo la mueve, la usa porque la necesita o se sirve de ella como instrumento), sino que es nuestro cuerpo lo que tiene una cierta actitud pasiva respecto de nuestra alma. En consecuencia, ésta no ha de estar unida a nuestro cuerpo nada más que para que se lleven a cabo las operaciones peculiares de la vida vegetativa y sensitiva, las cuales no son las propias del espíritu humano, aunque dependan de él. Es más bien nuestro cuerpo lo que tiene necesidad de nuestro espíritu para poder vivir con esos únicos modos o maneras de vida que en un cuerpo se pueden dar. Es tan clara la trascendencia de lo espiritual en la actividad humana que no solo se debe hablar del hombre como un ser compuesto de cuerpo y alma sino que con más propiedad hay que hablar del alma y su cuerpo .



c) El alma no se puede reducir ni explicar sólo por el cerebro material del hombre



Tal vez una de las falsificaciones más difundidas por la prensa de nuestros días es la que dice que aquello que los creyentes llaman alma en realidad se explica por la actividad del cerebro. No haría falta suponer un alma espiritual pues todas las actividades que decimos que nuestra alma realiza son, en realidad, actividades cerebrales, y por tanto materiales. Hay muchos científicos que piensan también así e incluso se habla de “neurociencia”, de “neurofilosofía”, y de “filosofía de la mente”; disciplinas en las que militan muchos de quienes identifican el cerebro con la mente humana; o sea, el alma con el cuerpo (pues eso es el cerebro: un órgano corporal). ¿Qué hay de cierto en esto? Poco y nada . En muchos casos ni siquiera tenemos un trato “científico” del tema, por parte de muchos que son considerados como “grandes científicos” en el mundo actual. Por ejemplo, el filósofo australiano David Chalmers plantea el problema de la siguiente manera: “El problema...es el de cómo los procesos físicos del cerebro dan lugar a la conciencia” ; y el premio Nobel de Fisiología y Medicina Francis Crick, de este otro modo: “¿Cómo explicar los eventos mentales como siendo causados por la descarga de grandes conjuntos de neuronas?” . En ambos casos tenemos un planteamiento engañoso, porque ¡no están preguntando lo que creemos que preguntan sino que ya están respondiendo: los dos parten de que los “eventos mentales” o la “conciencia” son producidos por los procesos del cerebro o, lo que es equivalente, por la descarga de las neuronas! ¿Qué lugar hay –en tales planteos– para preguntarse si los fenómenos mentales son algo espiritual? Ni siquiera se toman el trabajo de proponerlo.

Algunos científicos, aun resolviendo mal el tema, han tenido la honestidad de reconocer que hay algunos problemas que parecen escapar a cualquier explicación materialista; estos serían, al menos, cuatro: la conciencia, la intencionalidad, la subjetividad y la causalidad mental . Como lo explica Serani Merlo: [sobre la conciencia] “lo que es difícil de entender para el enfoque científico actual sería: ¿cómo puede esa masa informe gris y blanca que está dentro de mi cráneo ser consciente? La intencionalidad (...) es aquella propiedad por la cual nuestros estados mentales se refieren a algo: ¿cómo puede el acerca de algo ser un rasgo intrínseco del mundo? (...). La subjetividad (...) se refiere al hecho de que yo puedo sentir mis dolores y tú no puedes (...) El cuarto rasgo tiene que ver con la convicción que todos tenemos de que nuestros estados mentales tienen efectos causales sobre el mundo físico y con la dificultad que deriva de este hecho en orden a vincular estos dos tipos de realidades. Por ejemplo: decido levantar mi brazo y he aquí que mi brazo se levanta. ¿Cómo puede algo tan ‘gaseoso’ y ‘etéreo’ como un estado mental consciente tener algún impacto en un objeto físico como el cuerpo humano?”.
Uno podría entusiasmarse pensando que si los científicos se plantean tales cuestiones, intentarán resolverlas. Falsa esperanza. Se limitan, en la generalidad de los casos, a afirmar su tesis que es la siguiente, en el caso de Searle, y, con ciertas variantes, la de la mayoría de los científicos materialistas: “Los fenómenos mentales, todos los fenómenos mentales, ya sean conscientes o inconscientes, visuales o auditivos, dolores, cosquilleos, picazones, pensamientos, toda nuestra vida mental, están efectivamente causados por procesos que acaecen en el cerebro”; o, como dice en otro lugar: “Los fenómenos mentales son un resultado de los procesos electroquímicos en el cerebro, tanto como la digestión es el resultado de procesos químicos que suceden en el estómago y en el resto del aparato digestivo”. Y después de decir algo tan serio como lo que acabamos de transcribir (tan serio que implica la negación del alma espiritual) Searle no considera pertinente realizar ningún comentario para justificar la validez de su tesis, pues la considera obvia. Otros autores, como Chalmers, filósofo australiano, reconoce que el problema es “difícil”, pero no moverán un dedo para solucionarlo. Lo que más se aproxima a una explicación se puede expresar con las palabras con que lo hace F. Crick: “la mayoría de los neurocientíficos actuales creen que...” ; es decir, usan un argumento de autoridad (pidiendo un acto de fe) que a su vez tiene el valor probativo que tiene toda opinión (“creen que”) o sea, ninguno. Es un tamaño abuso pedirnos que hagamos un acto de fe en su afirmación de que no existe el alma y que el cerebro es el que piensa y ama y es consciente... y no mover un dedo para demostrarlo. Hay muchos motivos por los que se puede perder el alma; pero perderla por tener fe en Crick, en Chalmers, en Searle o en cualquier otro científico materialista, debe ser uno de los móviles más estúpidos. Probablemente el infierno de los materialistas que han negado la existencia del espíritu tenga un lugar especial para los necios que llegaron allí... ¡por fe en otros necios!


Por eso es importante saber, como dice Serani Merlo que: “la mayor parte de los científicos y filósofos que asumen, consciente o inconscientemente, la tesis materialista, suponen que la fuerza de su verdad surge de los descubrimientos de la ciencia contemporánea. Ahora bien, cualquier persona que lleve algunos años revisando la literatura neurocientífica, será capaz de reconocer que no existe ningún trabajo experimental, o alguna interpretación de datos experimentales, publicado en alguna revista científica seria, que permita afirmar de modo claro, riguroso e inequívoco, que la actividad electroquímica, bioquímica o genético molecular de la corteza cerebral causa los fenómenos mentales de modo total, próximo y suficiente, de modo análogo a como los acinos mamarios producen la leche y los islotes de Langerhans la insulina. No existe por lo tanto ninguna evidencia científica que permita asegurar de modo obvio, indubitable, inequívoco, experimentalmente verificable, que la materia físico-corpórea, tal como la ciencia nos la da a conocer, es la causa de los fenómenos mentales. De hecho, los autores Crick y Koch que tan llanamente aceptan que las descargas de grupos neuronales causan los fenómenos mentales, reconocen que no hemos llegado todavía a descubrir cuál es el correlato exacto de los fenómenos mentales” .

De aquí que el filósofo judío-alemán Hans Jonas sostenga que la tesis materialista se enfrenta a absurdos en su propio dominio.
Además de que no hay ninguna evidencia (ni puede haberla) de que el cerebro es el que produce los estados mentales, tenemos también la evidencia contraria de que, en un todo unitario, es el todo el que actúa por la parte y no la parte por el todo; así, por ejemplo no es el pulmón el que respira, sino que el animal respira por el pulmón; y por tanto, hay que decir igualmente que no es el cerebro el que conoce sino el hombre quien conoce por medio de su cerebro . El alma, para pensar, se sirve del cerebro como de un instrumento, como nos servimos de una ventana para que entre la luz, pero no es la ventana la que produce la luz, sino la condición para que la luz llegue a nosotros que estamos dentro de la habitación; de ahí que debamos decir que el cerebro es condición para razonar, pero no es la causa del razonamiento ni de la voluntad. Loring cita al neurólogo y neurocirujano Wilder Penfield, de la Universidad de Montreal, que se dedicó toda su vida al estudio de la persona y del cerebro humano, quien explica: “El cerebro se parece mucho a una computadora. Sin embargo, la mente, el espíritu, es algo independiente del cerebro. La mente no es un producto del cerebro. La mente no es algo físico. Depende del cerebro pero no es el cerebro, no es algo fisiológico. Ningún científico ha logrado demostrar que la mente tiene explicación material”.


Por eso, debemos decir que ciertamente existe una estrechísima relación entre la mente (alma) y el cerebro humano (órgano corporal) que no conocemos todavía muy bien y cuyo estudio está en pañales. Hay que seguir investigando; pero también debemos reconocer dos cosas. La primera, nunca se podrá explicar el fenómeno del pensamiento (y todo lo relacionado con él; conciencia, querer, intencionalidad, subjetividad, etc.) reduciéndolo al cerebro (ya sean movimientos químicos, reacciones eléctricas, etc.); a lo sumo podremos constatar que cuando pensamos, o tenemos conciencia, o amamos, etc., hay reacciones en nuestro cerebro, y no puede ser de otra manera, puesto que el cerebro es el instrumento de que se sirve nuestra alma, y todo instrumento se inmuta al ser utilizado, pero su efecto lo trasciende (se mueve el pincel y desparrama el óleo combinando maravillosamente los colores en un cuadro de Van Gogh, pero ningún necio diría que es el pincel quien está produciendo la maravilla de un conjunto de girasoles ni el que está intentando darnos un mensaje “mental” a través de las formas estilizadas y de los colores elegidos, aunque el genio de Van Gogh sin pinceles fuese tan inútil como un manco). La segunda cosa es que la mayoría de los “científicos” que niegan el alma espiritual y reducen todo fenómeno mental al cerebro, no trabajan con honestidad científica, pues normalmente caen en uno de estos errores: o parten de que, de hecho, todo fenómeno mental es un fenómeno físico (como hace Crick) el cual no es un punto de partida sino que, en todo caso tendría que ser el punto de llegada, o bien al llegar a esta afirmación la dejan sin demostrar o la esquivan por ser difícil (y además, en lugar de dejarla en suspenso, la siguen sosteniendo como si estuviese demostrada), o simplemente apelan a que la mayoría de los científicos creen que la cosa es así, lo cual no es totalmente cierto, y aunque fuese cierto –o sea, si todos lo creyesen así– se olvidan de que la función de la ciencia no es pedirnos actos de fe –porque el científico no es Dios ni viene al mundo a revelar ningún misterio sobrenatural– sino que debe demostrar lo que postula o reconocer que se le escapa de su competencia por no poder demostrarlo; otra actitud fuera de ésta sería anticientífica (y precisamente esa es la que toman tales personajes; lo cual tiene un nombre: prejuicios materialistas). En todo caso, un científico que obra así no actúa científicamente sino que se comporta como un fundador de falsa religión, que pide fe sin hacer milagros para probarla; y tal vez eso sea lo que pretende una rama de la nueva ciencia. En este caso no sólo te está vendiendo una teoría que está en pañales sino “una teoría a la que ya habría que cambiarle los pañales”.



Teniendo esto en cuenta se comprende que un verdadero científico, como es John Eccles, Premio Nobel de Medicina por sus trabajos acerca del cerebro, haya acusado al cientificismo materialista de superstición, y haya dicho que “el materialismo carece de base científica, y los científicos que lo defienden están, en realidad, creyendo en una superstición. Lleva a negar la libertad y los valores morales, pues la conducta sería el resultado de los estímulos materiales. Niega el amor, que acaba siendo reducido a instinto sexual: por eso, Popper ha dicho que Freud ha sido uno de los personajes que más daño han hecho a la humanidad en el último siglo y tuvo ocasión de comprobar que el método de Freud no es científico, pues trabajó hace muchos años en Viena en una clínica donde se aplicaba ese método. El materialismo, si se lleva a sus consecuencias, niega las experiencias más importantes de la vida humana: ‘nuestro mundo’ personal sería imposible”.

Y también: “La actividad cerebral nos permite realizar acciones de modo automático. Pero podemos añadir un nivel de conciencia. Por ejemplo, cuando camino, ‘quiero’ ir más deprisa o más despacio. Incluso podemos envolver casi todo en la conciencia: ‘quiero’ andar con aire de Charlot, pensando cada paso y cada movimiento...” (...) “Monod me llamó ‘animista’; yo me limité a llamarle a él ‘supersticioso’, porque presentaba su materialismo como si fuera científico, lo cual no es cierto: es una creencia, y de tipo supersticioso”.
“Los fenómenos del mundo material son causas necesarias pero no suficientes para las experiencias conscientes y para mi ‘yo’ en cuanto sujeto de experiencias conscientes. Hay argumentos serios que conducen al concepto religioso del alma y su creación especial por Dios. Creo que en mi existencia hay un misterio fundamental que trasciende toda explicación biológica del desarrollo de mi cuerpo (incluyendo el cerebro) con su herencia genética y su origen evolutivo; y que si es así, lo mismo he de creer de cada uno de los otros y de todos los seres humanos” .


Tal vez bastaría recordar aquella anécdota que nos recuerda Hillaire: un positivista se esforzaba en probar que el alma era materia como el cuerpo y un sabio le contestó: “¡Cuánto ingenio ha gastado, señor, para probar que usted es una bestia!... Como se trata de un hecho personal le creemos confiados en su palabra...”



d) El alma es inmortal



Si quisiéramos presentar de modo resumido los argumentos usados clásicamente para probar la inmortalidad del alma, deberíamos citar los siguientes :



a) Por su misma naturaleza: un ser es naturalmente inmortal cuando es incorruptible y puede vivir y obrar independientemente de otro. Ahora bien, el alma es incorruptible, porque es simple, indivisible; puede vivir y obrar independientemente del cuerpo, porque es un espíritu; luego, es inmortal por naturaleza. Un espíritu no puede morir. Nuestra alma es incorruptible porque no encierra en sí ningún principio de disolución y de muerte. Este es un argumento propiamente metafísico.



b) Lo muestran también los deseos y las aspiraciones del alma (este es más bien un argumento de conveniencia y supone la aceptación de algunas verdades contenidas en él): el deseo natural e irresistible que tenemos de una felicidad perfecta y de una vida sin fin prueba la inmortalidad del alma (todo hombre que penetre en su corazón encontrará en él un inmenso deseo de felicidad; no es un efecto de su imaginación, pues no es él quien se lo ha dado, y no está en su poder desecharlo; no es una cosa individual, pues todos los hombres, en todos los climas y en todas las condiciones, lo han experimentado y lo experimentan diariamente; por tanto esta aspiración brota del fondo de nuestro ser y se identifica con él). Ahora bien, este deseo no puede ser satisfecho en la vida presente y, por lo mismo, debe ser satisfecho en la vida futura; si no, Dios, autor de nuestra naturaleza, se habría burlado de nosotros, dándonos aspiraciones y deseos siempre defraudados, nunca satisfechos; lo que no puede ser. ¿Es posible que Dios haya puesto en nosotros un deseo tan ardiente, que no podamos satisfacer? ¿Nos ha creado para la felicidad, y nos ha puesto en la imposibilidad de conseguirla? Evidentemente, no; que en ese caso Dios no sería el Dios de verdad. Dios no engaña el instinto de un insecto, ¿y engañaría el deseo que ha infundido en nuestra alma? Luego es necesario que, tarde o temprano, el hombre logre una felicidad perfecta, si él por propia culpa, no se opone a ello. Pero esta felicidad perfecta no se halla en la tierra: nada en esta vida puede satisfacer nuestros deseos; todos los bienes finitos no pueden llenar el vacío de nuestro corazón: ciencia, fortuna, honor, satisfacciones de todas clases, caen en él, como en un abismo sin fondo, que se ensancha sin cesar. ¡Extraña cosa!, los animales, que no tienen idea de una felicidad superior a los bienes sensibles, se contentan con su suerte. Y los hombres, sólo el hombre, busca en vano la dicha, cuya imperiosa necesidad lleva en el alma. Nunca está contento, porque aspira a una bienaventuranza completa y sin fin. Puesto que no es feliz en este mundo, es necesario que halle la felicidad en la vida futura. Este raciocinio también vale para nuestras aspiraciones intelectuales; el hombre tiene sed de verdad y de ciencia; quiere conocerlo todo; nunca puede llenar su deseo de saber. Ha sido creado, pues, para hallar en Dios toda verdad y toda ciencia. A la manera que el cuerpo tiende hacia la tierra, así el alma tiende hacia Dios y hacia la inmortalidad.



c) Lo exige la sabiduría de Dios: si Dios es Dios, es, consecuentemente legislador sabio y justo, premiando y castigando según exigen los méritos y deméritos de cada hombre. Pero nosotros no vemos en la vida presente una sanción eficaz de la ley de Dios; por lo tanto es necesario que exista en la vida futura, so pena de decir que Dios es un legislador sin sabiduría. Esos premios y castigos no pueden reducirse a los remordimientos o a la alegría de la conciencia, pues los malvados ahogan los remordimientos y la alegría de la conciencia bien poca cosa es comparada con los sufrimientos y las luchas que requiere la virtud.

No está en el desprecio público ni en la estimación de los hombres, pues con demasiada frecuencia vemos que son precisamente los grandes culpables los que gozan de la estima de los hombres, mientras que los justos son el blanco de todas las burlas.
No está en la justicia humana, porque ella no alcanza los pensamientos y deseos, fuentes del mal; no tiene recompensas para la virtud; no puede descubrir todos los crímenes, puede ser burlada por la habilidad, comprada por el dinero, intimidada por el miedo; y si, a veces, vindica los derechos de los hombres, no vindica los derechos de Dios.
Por consiguiente, la sanción eficaz de la ley de Dios no puede hallarse más que en los castigos o premios que nos esperan después de la muerte.
Por eso el mismo J. J. Rousseau decía: “Si no tuviera yo más prueba de la inmortalidad del alma que el triunfo del malvado y la opresión del justo, esta flagrante injusticia me obligaría a decir: no termina todo con la vida, todo vuelve al orden con la muerte”. Y Delille escribía con justeza:


Los que volcáis, haciendo a Dios la guerra, 

las aras de las leyes eternales, 
malvados opresores de la tierra, 
¡temblad! ¡sois inmortales! 
Los que gemís desdichas pasajeras, 
que vela Dios con ojos paternales, 
peregrinos de un día a otras riberas, 
¡calmad vuestro dolor! ¡sois inmortales!


d) Aunque de valor inferior a los anteriores argumentos, también lo manifiesta la aceptación de esta verdad por todos los pueblos de la tierra. Es un hecho testificado por la historia antigua y moderna que los pueblos del mundo entero han admitido la inmortalidad del alma, como lo prueba el culto de los muertos, el respeto religioso de los hombres por las cenizas de sus padres y los monumentos que han erigido sobre sus sepulcros.

Esta creencia universal y constante no puede proceder sino o de la razón, que admite la necesidad de la vida futura, o de la revelación primitiva, hecha por Dios a nuestros primeros padres y transmitida por ellos a sus descendientes. Ahora bien, el testimonio, sea de la razón, sea de la revelación, no puede ser sino la expresión de la verdad; luego la creencia de los pueblos es una nueva prueba de la inmortalidad del alma. Según frase de Cicerón, aquello en que conviene la natural persuasión de todos los hombres, necesariamente ha de ser verdadero. Es un axioma de sentido común contra el cual en vano protestan algunos materialistas modernos.


Pero tratemos de profundizar más en las razones metafísicas que demuestran la inmortalidad del alma.

Es un hecho que el hombre muere . Nuestra vida está afectada por el tiempo; en cada instante vemos las huellas que el tiempo deja y llega un momento en que nuestra vida acaba por completo como vivir material. Hasta aquí llega la experiencia; sólo nos dice que el vivir sensitivo y vegetativo dejan realmente de darse en un individuo humano en el momento que llamamos muerte; pero no va más allá y no llega a demostrar que con la muerte se extinga la totalidad de su ser. Si el hombre se reduce a pura materia, podríamos llegar a esa conclusión, pero ya hemos visto que no es así. La experiencia, por tanto, no nos habla de la “no-inmortalidad” del hombre, sino de la mortalidad de lo que el hombre tiene de material. Esto es bueno que lo dejemos sentado, para evitar esas imprecisiones e invasiones de campo a las que tanto nos acostumbran quienes abordan estos temas sin rigor científico o filosófico: la experiencia no constata la extinción total del hombre en la muerte sino la desintegración de su cuerpo; como experiencia no puede extenderse más que a lo que es directamente experimentable; lo que es inmaterial no es objeto de experiencia directa; por tanto, de ello no se puede juzgar a partir de la pura experiencia, y con mayor razón se puede decir que las ciencias que se precian de experimentales no tiene autoridad para hablar de estos temas; como un ciego no puede sentenciar sobre colores, ni un sordo ser jurado en un concurso de música.


Ya hemos dicho que el alma es simple y espiritual. De aquí se sigue que sea inmortal. Si la forma sustancial del cuerpo humano –alma– fuese solamente material (lo que se probaría si solo fuese principio de actividades sensibles y vegetativas), la muerte consistiría, indudablemente, en la extinción de la forma sustancial de nuestro ser, pues no cabe que éste permanezca sin que el cuerpo que la posee no esté viviendo. Pero ya hemos visto que la forma sustancial del cuerpo humano es algo más que principio de nuestra conducta sensitiva y vegetativa; es la fuente de las operaciones peculiares del entendimiento y de la voluntad.

Ciertamente que es indispensable que el alma anime a la materia para que el hombre exista y para que éste realice las actividades de sus potencias intelectiva y volitiva. Pero de aquí no se concluye que estas actividades no pueda realizarlas el espíritu nada más que en cuanto unido a la materia. El alma tiene que estar unida al cuerpo para que el hombre (cuerpo y alma) viva y ejecute sus operaciones; pero esta unión no es requisito para que el espíritu exista ni para que ejecute sus propias operaciones, porque “a un espíritu no unido con la materia no le falta nada esencial. La materia no es ninguna parte física de él, ni tampoco ninguno de sus aspectos. El espíritu no es materia en modo alguno, aunque puede informarla o animarla y aunque ello resulte necesario para el ser y el obrar del hombre” .
“De esta suerte, no por el hecho de que el hombre muera se extingue también su espíritu. La muerte es la corrupción del cuerpo humano, pero el espíritu no puede corromperse, porque no tiene partes. Podría, no obstante, extinguirse si de un modo esencial dependiese del cuerpo, es decir, si tuviese necesidad de la materia para ser lo que es. Pero no se encuentra en ese caso, por no ser material. Incluso cuando está unido a la materia –que es, ni más ni menos, lo que ocurre en el caso del hombre–, el espíritu sigue siendo inmaterial. Y no cabe que en el hombre esté bajo el ‘influjo’ –si esta palabra se toma en su acepción más estricta– de la materia, a la cual anima o vivifica. En tanto que forma sustancial y como ya se ha explicado, el espíritu se comporta, respecto de la materia, de una manera activa, no de un modo pasivo. Así, pues, para hablar de un influjo de la materia en el espíritu, se ha de dar a la voz ‘influjo’ la exclusiva acepción de un puro y simple condicionamiento que, como ya se ha aclarado, sólo acontece de una manera extrínseca e indirecta, con lo cual queda dicho que ese condicionamiento es necesario tan sólo para que el espíritu funcione en su estado de unión con la materia, sin que a su vez ese estado haya de ser en él una necesidad inseparable de su índole misma. En consecuencia, la separación del espíritu respecto del cuerpo humano es la muerte del cuerpo o, dicho más cabalmente, la del hombre. El hombre muere al quedarse sin el espíritu que lo vivificaba o animaba no sólo con un vivir sensitivo y vegetativo, sino también con otro evidentemente superior por su índole inmaterial” .


Podemos añadir algo más, aunque no sea lo que principalmente nos interesa aquí: “aunque por incorruptible es inmortal, el espíritu no pervive por sí solo. Sin la cooperación de Dios, ningún ente finito permanece en el ser. Por consiguiente, aunque la muerte del hombre no implica en manera alguna la extinción del espíritu, tampoco puede éste permanecer en el ser en virtud de una cierta inercia existencial, de tal modo que el seguir siendo no lo debiese a Dios. Aun en el caso de que pudiera haber esa especie de inercia, el espíritu la tendría como algo que Dios le habría conferido al implantarle en el ser, con lo cual, en definitiva, se la debería a Dios y no a sí mismo. En ningún caso puede ser la pervivencia del espíritu algo impuesto por éste, como una necesidad, al ser de Dios” . Tampoco entro en este lugar en otro tema discutido por los teólogos: si la unidad substancial de cuerpo y alma (que es el modo propio de existir del hombre) no plantea cierta antinaturalidad del estado de alma separada (como ocurre en la muerte) y si esto, a su vez, no plantea una especie de necesidad de la resurrección; no entramos en este tema, puesto que la resurrección del cuerpo humano es ya un dogma de la fe cristiana, y no nos hemos propuesto detenernos en los dogmas de fe sino en las cuestiones que, siendo filosóficas, son puestas en duda o negadas por la falsa ciencia de nuestro tiempo.



* * *



Los que niegan que los seres humanos tenemos alma merecen, con toda razón, el nombre de desalmados; y tarde o temprano actúan como tales. De la negación del alma al desalmamiento (que, como la Real Academia indica, es el término propio para designar la inhumanidad y la perversidad) no solo hay un paso sino un paso muy corto. Alonso de Palencia podría prestarnos el título de su fábula Batalla campal de los perros y los lobos para intitular como corresponde el mundo creado por los que niegan el alma.

Un autor sugería que la mejor forma de hacerles comprender a estos tales que el alma realmente existe es romperles la de ellos; un método eficaz, aunque como cristianos no podamos recomendarlo.




Bibliografía para ampliar y profundizar



–Regis Jolivet, Tratado de filosofía. Psicología, Carlos Lohlé, Bs.As. 1956.

–Antonio Millán-Puelles en: Léxico Filosófico, Rialp, Madrid, 1984.
–Abelardo Pithod, El alma y su cuerpo, Grupo Editor Latinamericano, Bs. As. 1994.
–Alejandro Serani Merlo, Dificultades en la Neurofilosofía o: ¿Dónde está el problema en el problema mente-cerebro, II Congreso Internacional de Bioética. Departamento de Bioética - Universidad de La Sabana. Santa Fé de Bogotá, Colombia, 30 de Julio de 1999; en www.arvo.net.
–Carlos A. Marmelada, Sobre el origen de la inteligencia humana, (http://www.unav.es/cryf/pagina_4.html)
–María Gudin, Cerebro y persona (en: www.arvo.net); Idem, Cerebro y Afectividad, Colección Astrolabio Salud, EUNSA, Pamplona 2001.
–Antonio Royo Marín, Teología de la Salvación, BAC, Madrid 1965.
–Santo Tomás de Aquino, De anima (sobre el alma).
–N. Marín Negueruela, Dios y el hombre, Barcelona 1936.
–René Biot, El cuerpo y el alma, Desclée de Brouwer, Bs. As. 1952.
–Carlos Velasco Suárez, Psiquiatría y Persona, Educa, Bs. As. 2003.
–Víktor Frankl, Homo patiens, Plantín, Bs. As. 1955.
––––––––––––, La idea psicológica del hombre, Rialp, Madrid 1986.
–Bruchner, Cuerpo y espíritu en la medicina actual, Rialp, Madrid 1969.
–Pío XII, Discursos acerca de ética y psiquiatría, en: López Medrano y otros, Pío XII y las ciencias médicas, Guadalupe, Bs. As. 1961.
–Karol Wojtyla, Mi visión del hombre, Palabra, Madrid 1997.
––––––––––––, El hombre y su destino, Palabra, Madrid 1998.
–Francisco Rego, La relación del alma con el cuerpo, Gladius, Bs. As. 2001.




Platón, en: R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos. Edad antigua, Herder, Barcelona 1982, p.46-48.

Cf. Regis Jolivet, Tratado de filosofía. Psicología, Carlos Lohlé, Bs.As. 1956, pp. 586-587.
Antonio Millán-Puelles en: Léxico Filosófico, Rialp, Madrid, 1984.
Citado por Loring, Para salvarte, 7, 1; ed. 51ª, p. 89.
Este es el título de un valioso libro de Abelardo Pithod, El alma y su cuerpo, Grupo Editor Latinamericano, Bs. As. 1994.
Se puede ver al respecto el valioso trabajo del Dr. Alejandro Serani Merlo, Dificultades en la Neurofilosofía o: ¿Donde está el problema en el problema mente-cerebro, II Congreso Internacional de Bioética. Departamento de Bioética - Universidad de La Sabana. Santa Fé de Bogotá, Colombia, 30 de Julio de 1999; en www.arvo.net. También: Carlos A. Marmelada, Sobre el origen de la inteligencia humana, (http://www.unav.es/cryf/pagina_4.html); María Gudin, Cerebro y persona (en: www.arvo.net); Idem, Cerebro y Afectividad, Colección Astrolabio Salud, EUNSA, Pamplona 2001.
Chalmers D., El problema de la conciencia, Investigación y Ciencia (Febr.): p. 61, 1996ª.
Crick F. & Koch C., The problem of consciousness, Scientific American (Sept), p. 111, 1992.
Por ejemplo, Searle J.,The rediscovery of the mind, MIT Press (Cambridge/Massachussets) 1992. [El redescubrimiento de la mente,Crítica/ Grijalbo Mondadori (Barcelona) 1996].
Crick F. & Koch C., The problem of consciousness, Scientific American (Sept), p. 111, 1992.
Serani Merlo, loc. cit., la cita es de Crick & Koch, loc. cit., p. 115.
Cf. Serani Merlo, loc. cit.
Estos textos de Eccles los he tomado de la entrevista realizada por el Dr. Mariano Artigas, reproducida en su libro: Mariano Artigas, Las Fronteras del evolucionismo (con prólogo de John Eccles, Palabra, Madrid 1985, pp. 171-177. De J. Eccles se puede ver: The Wonder of Being Human, New York, The Fee Press, 1984.
Cf. se pueden ver más ampliamente desarrollados en la obra ya citada de Hillaire, La religión demostrada, op. cit. al hablar del alma humana.
Seguiré en esto las grandes líneas, con libertad, de cuanto expone Antonio Millán-Puelles en: Léxico Filosófico, Rialp, Madrid, 1984.
Millán-Puelles, loc.cit.
Millán-Puelles, loc.cit.
Millán-Puelles, loc.cit.
Cf. Harvey G. Cox, The Secular City, Macmillan, 

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miércoles, 21 de noviembre de 2012

►Más allá de la Muerte


Autor: P. Angel Peña O.A.R.

Para los ateos más allá de la muerte sólo existe la nada y el vacío. Pero para la inmensa mayoría de los hombres sí existe un ser supremo que, al final, nos pedirá cuentas de nuestra vida. Y, por eso, creen también en una existencia eterna después de la muerte, feliz o infeliz, en el cielo o en el infierno. Esto es lo que creemos los cristianos, porque Cristo nos lo ha revelado en su Evangelio y la Iglesia nos lo confirma con su autoridad. 


Introducción

Cada día mueren más de 200.000 personas y más de 73 millones cada año. ¿Cuántos millones han existido desde el principio del mundo? Y ahora ¿donde están? ¿Qué hay después de la muerte? Para los ateos más allá de la muerte sólo existe la nada y el vacío. Pero para la inmensa mayoría de los hombres sí existe un ser supremo que, al final, nos pedirá cuentas de nuestra vida. Y, por eso, creen también en una existencia eterna después de la muerte, feliz o infeliz, en el cielo o en el infierno. Esto es lo que creemos los cristianos, porque Cristo nos lo ha revelado en su Evangelio y la Iglesia nos lo confirma con su autoridad. 

Ahora bien, hasta que llegue el fin del mundo, existen también dos realidades, a las que les damos poca importancia: el purgatorio y el limbo de los niños. El tema del purgatorio, del que vamos a tratar en extenso, es un dogma de fe y, por tanto, pocos dudarán de su existencia. En cambio, sobre la existencia del limbo, la Iglesia no se ha manifestado clara o dogmáticamente. Por eso, este tema es opinable y abierto a estudios posteriores. Todos estamos de acuerdo en que los niños muertos sin bautismo, van al cielo. El problema es cuándo. Si van directamente al cielo, después de morir, no existe el limbo y, por tanto, da lo mismo morir bautizados que sin bautizar. Procuraremos exponer nuestras razones para afirmar la existencia del limbo para muchos (no todos) niños que mueren sin bautismo y con el solo pecado original. La Iglesia sólo nos dice que hay que “orar por su salvación” (Cat 1283).

Dedico este libro a todos aquellos que toman en serio la muerte para tomar en serio la vida. A todos aquellos que quieren vivir en plenitud su vida en este mundo y tener un corazón lleno de amor. ¿Eres tú uno de ellos? 


Capítulo 1: PRIMERA PARTE: EL PURGATORIO

EL PURGATORIO
En esta primera parte, después de unas breves ideas sobre la vida y la muerte, el cielo y el infierno, nos detendremos para hablar en extenso sobre el purgatorio, que es una misteriosa, pero auténtica realidad, necesaria para purificar nuestras imperfecciones y pecados, quizás por largos años. Pero es triste pensar que esto no les preocupa a la mayoría de los cristianos. Si tuvieran que viajar a un país lejano y desconocido, seguramente se interesarían primero por leer algo sobre el mismo. ¿Por qué no interesarse un poco más sobre esta realidad que nos afecta a todos personalmente? ¿O quizás no creemos en el purgatorio? No digamos: “Ya nos enteraremos, cuando lleguemos a él “. Esto sería ciertamente una grave irresponsabilidad. 
Veamos lo que dice la Biblia y la doctrina de la Iglesia sobre esto. Aprendamos de la experiencia de los santos y de personas dignas de fe, especialmente de María Simma, una gran mística austriaca, que nos contará su relación con las almas del purgatorio. Y, sobre todo, aprendamos la manera de ayudar a nuestros familiares difuntos y de preparamos a morir lo mejor posible. Porque... 

”No saldrás de allí 
hasta que no hayas pagado 
el último centavo” (Mt.5,26).


Capítulo 1: La Vida. La Muerte

LA VIDA
La vida es un maravilloso regalo de nuestro Padre Dios y debemos saber apreciarla y aprovecharla. Es lamentable que muchísimos hombres actuales vivan su vida como si fueran a vivir aquí eternamente. Sólo piensan en el placer, en las fiestas, en las cosas materiales y en buscarse un “futuro” aquí abajo. Sin embargo, deben saber que esta vida es sólo un paso para la eternidad, un examen, una prueba o, como diría el libro de Job, un servicio militar (7,1). 

Por eso, debes vivir con la mirada alta, con la frente serena, con la mente puesta siempre en Dios, que te espera al final del camino. No puedes darte el lujo de perder el tiempo, de “matar” el tiempo. Realmente es muy triste ver muchos hombres que pierden su vida sin hacer nada útil. Se pasan horas y horas viendo televisión, paseando sin saber adónde, hablando por hablar o simplemente durmiendo. ¡Cuánto tiempo perdido! ¡Cuántas vidas perdidas! ¡Qué tristeza, llegar al final de la vida con las manos vacías! 

Otros, por el contrario, están tan sobrecargados de trabajo, que nunca tienen tiempo para Dios y, a veces, ni siquiera para su propia familia. Viven corriendo, como persiguiendo el tiempo, queriendo ganar tiempo, pasan por la vida apresurados, atropellados, enloquecidos, desbordados, nerviosos. Siempre de mal humor, sin paz ni tranquilidad. Y no pueden hacer todo lo que quisieran, porque “no tienen tiempo”. Les gustaría rezar, ayudar a los demás, estar más tiempo con la familia, pero “no tienen tiempo “. “No tienen tiempo” para pensar ni para leer. Al final, se darán cuenta de que todos sus trabajos no valían nada para la eternidad, porque sólo trabajaban para sí mismos. Triste final de una vida alocada, que puede terminar antes de “tiempo”, al menos antes del tiempo que ellos quisieran.

Por eso, aprovecha bien tu tiempo, no lo malgastes. El tiempo es oro, un regalo de Dios para crecer en el amor; pero es un regalo fugitivo que, si no lo usas, se te va de las manos. Nunca digas que no tienes tiempo; tienes tiempo suficiente para cumplir fielmente tu misión, pero no tienes tiempo extra, sólo tienes el tiempo necesario. 

Vive cada momento presente con intensidad y con amor. El amor es lo que da sentido a tu vida. Vive cada minuto de sesenta segundos que te lleven al cielo. Sé amable y delicado con todos. Toma tu vida en serio, porque sólo se vive una sola vez, no hay una segunda oportunidad, no hay reencarnación. Aprovecha el tiempo al máximo y da lo mejor de ti mismo. Vive cada momento con gratitud y generosidad. Dale a tu Padre Dios los “Buenos días” cada mañana al despertar. No te lamentes de tu pasado para deprimirte, sino para arrepentirte y rectificar tus errores. No seas mediocre, aspira siempre a lo más alto y más profundo, a las alturas de la divinidad. Debes ser santo, ni más ni menos. Pídele esta gracia todos los días a tu Padre Dios. Y no te olvides que Dios te ha encomendado una misión en este mundo que no se la ha encomendado a ningún otro. Si tú no la cumples, habrá un vacío en el mundo. Sé fiel a tu vocación, cumple fielmente tu misión. Sé agradecido y piensa en ese Dios Amor que te ha creado y te llama a una felicidad eterna. 

Vive con Él, por Él y para El. Vive con amor y por amor. La vida es una sucesión de cosas pequeñas que, divinizadas por el amor, construyen la eternidad. Sin amor, estarás “muerto” en vida. Por eso, decía Guy de Larigaudie: 


“Sólo hay una cosa importante en la vida: 
el amor a Dios, un amor inmenso, sin medida, 
un amor de Chiquillo que adora a su madre, 
un amor total, que nos arrastra por completo en 
cada instante de la vida hacia Dios “

LA MUERTE
La muerte es una de las realidades más ciertas de la existencia humana. San Juan Bosco, el gran educador de la juventud, les decía a los jóvenes estas palabras latinas: “Horno, humus; farna, fumus; finis, cinis”, que significan: “El hombre es barro; la fama es humo; el fin, ceniza”. Por eso, la Iglesia nos dice el miércoles de ceniza: “Acuérdate de que eres polvo y en polvo te vas a convertir”. Ojalá que el pensamiento de la muerte nos ayude a vivir con seriedad la vida. Recuerdo que, cuando era joven seminarista, por las noches, había un hermano que, antes de dormir, decía en voz alta una oración que comenzaba: “Acordémonos, hermanos, que hemos de morir y podría ser esta noche “. Y esto no sólo vale para los religiosos, sino para todos. 

Es conocido que en siglos pasados, en muchos pueblos de Francia, los serenos gritaban por la noche: “Vigilad, Vosotros que dormís. Rezad por los muertos”. Si de algo estamos seguros, es de que un día vamos a morir. Ante la realidad de la muerte no vale la edad, la fama, el poder o la gloria. La muerte no respeta a nadie y nos ni vela a todos ante el más allá. Los santos la esperan y la desean con ilusión para encontrarse con el Padre Dios. Los hombres mundanos la temen y la rechazan y les parece algo absurdo y sin sentido. Para ellos, sólo tiene sentido el gozo y el placer en este mundo. Por eso, prefieren no hablar de este tema. La muerte es hoy el gran tabú para muchos de nuestros contemporáneos. Un tabú del que no se debe hablar y se debe ocultar lo más posible. En otro tiempo, el gran tabú el sexo y se ocultaba a los niños todo lo referente a él, pero sí se les permitía asistir al moribundo o al velorio del familiar difunto. Hoy se inicia a los niños en el sexo desde temprana edad, pero se evita hablar ante ellos de la muerte. Ya no se tiene el velorio en las casas, ése es un problema técnico para las agencias funerarias, adonde no se lleva a los niños. Los cementerios están construidos “a la americana”, con parques placenteros, con muchas flores, para evitar el mal gusto del pensamiento de la muerte. 

Sin embargo, la muerte es una realidad y debemos enfrentarla con realismo, porque puede venimos en cualquier momento. Todos estamos en lista de espera. Pero, si somos creyentes, ¡qué diferencia al pensar que la muerte no es el final, sino el comienzo de una nueva vida, que es el puente entre esta vida y la vida eterna, que es la puerta de entrada al cielo! ¡Piensa en la eternidad! ¡Vive para la eternidad! 

Tú eres “astronauta” de la eternidad. Ése es tu destino, una vida eterna, feliz o infeliz, que te espera después de esta vida ¿Estás preparado para morir? ¿Estás en paz con Dios? ¿Tienes listas las maletas? No te preocupes tanto en acumular dinero u otras cosas. No pienses tanto en tener y tener y tener cosas, que no te podrás llevar. Acumula en tu corazón un tesoro de amor que te puedas llevar a la vida eterna. ¿Has pensado en tantos conocidos y familiares que “fueron” y ya no “son”? ¿Qué harías ahora, si tu médico te dijera que tienes cáncer y sólo te quedan dos meses de vida? Toma en serio la realidad de la muerte para que puedas tomar en serio tu vida. Si vives con amor, la muerte será para ti un maravilloso encuentro con el Dios Amor, con el Padre Dios, que te espera y te ama y quiere hacerte feliz eternamente en el cielo. Pero no olvides que también existe una muerte eterna, que existe el infierno, y podría ser también para ti. ¿Dónde estarás dentro de cien años, cuando ya hayas muerto? Eso depende de ti. Si amas, tendrás vida; si odias y haces el mal, podrás estar “muerto” y sin felicidad eternamente en el infierno. 

“La muerte no es el final sino el comienzo de una nueva vida”


Capítulo 2: El infierno. El diablo

EL INFIERNO
Hay algunos teólogos que dicen que no existe el infierno, porque todos los que no quieran acogerse a la salvación ofrecida por Jesucristo, serán aniquilados al no recibir el don de la inmortalidad. Dios lo ha creado para siempre y cada uno podrá vivir su eternidad como quiera vivirla. Dios respetará su libertad.

Otros, siguiendo la antigua teoría de Orígenes de la apokatastasis, que fue descartada desde los primeros tiempos por todos los Santos Padres, dicen que los malos, después de un castigo temporal, irán definitivamente al cielo. Esto también ha sido condenado en el II Concilio de Constantinopla del año 553.

Y no faltan quienes con un poco de sonrisa malévola dicen: “El infierno existe, pero está vacío “. La Iglesia nunca ha declarado que alguien en concreto esté en él. Pero una cosa es no saber quién está,.y en esto no hay que hacer juicios temerarios ni siquiera con los más grandes criminales, y otra cosa muy distinta es decir que no hay nadie. La Iglesia no ha dicho que esté Judas, pero Jesús lo da a entender, cuando dice: “Más le valía no haber nacido” (Mc 14,21).

Santa Teresa de Jesús, Santa Faustina Kowalska, la Venerable Josefa Menéndez, la Venerable Ana Catalina Emrnerick y otros santos nos hablan de su experiencia de haber visto el infierno. Ana Catalina Emmerick dice que es “un país de infinitos tormentos, un mundo horrible y tenebroso “. Muchas veces, cuando ella iba al cementerio a orar por las almas, sentía quiénes estaban condenadas. Dice: “Veía salir como un vaho negro que me estremecía de algunos sepulcros. En estos casos, la idea viva de la santísima justicia de Dios era para mí como un ángel que me libraba de lo que había de espantoso en tales sepulcros “. 

Santa Teresa de Jesús nos cuenta: “Un día murió cierta persona, que había vivido harto mal y por muchos años. Murió sin confesión, mas con todo esto no me parecía a mí que se había de condenar Estando amortajando el cuerpo, vi muchos demonios tomar aquel cuerpo y parecía que jugaban con él... Cuando echaron el cuerpo en la sepultura, era tanta la multitud de demonios, que estaban dentro para tomarle, que yo estaba fuera de mí de verlo y no era menester poco ánimo para disimularlo. 

Consideraba qué harían de aquel alma, cuando así se enseñoreaban del triste cuerpo. Ojalá el Señor hiciera ver esto que yo vi a todos los que están en mal estado, que me parece fuera gran cosa para hacerlos vivir bien” (Vida 38,24). 

Lucía de Fátima cuenta en sus “Memorias” la visión del infierno aquel 13 de julio de 1917: “Vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas, entre gritos y gemidos de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas como negros carbones en brasa. Nuestra Señora nos dijo entre bondad y tristeza: Habéis visto el infierno adonde van las almas de los pobres pecadores.

Y lo peor de todo es que el infierno es eterno. Jesús nos habla claramente de ello (Mt 25,41) y la Iglesia nos lo enseña en el símbolo “Quicumque” (DS 76) del siglo V, en el concilio IV de Letrán (DS 801), en la constitución dogmática “Benedictus Deus” de Benedicto XII (DS 1000,1002) y en la constitución Lumen Gentium del Vaticano II (N°48). Pero el infierno es eterno, no porque Dios lo quiera, sino porque ellos así lo quieren. Si por un imposible, los condenados se arrepintieran, serían inmediatamente perdonados por Dios. Su misericordia es infinita y más grande que todos los pecados de todos los hombres juntos. Lo triste es que se han decidido contra Dios para siempre y nunca se arrepentirán. Es el gran misterio de la libertad humana y del gran respeto que Dios tiene por el hombre, a quien respeta, aun cuando desee vivir eternamente lejos de El. El infierno se lo crea el propio condenado. Por eso, no hay dos infiernos iguales, cada condenado tiene su propio infierno. Más que un lugar es un estado infernal, que uno se fabrica según la medida de su odio y maldad. 

El Papa Juan Pablo II afirma que “el infierno es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre, incluso en el último momento de su vida... El infierno más que un lugar indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría” (28-7-1999). El Catecismo de la Iglesia católica dice que es “el estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados” (Cat 1033). “Dios no predestina a nadie a ir al infierno, para que esto suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (pecado mortal) y persistir en él hasta el final” (Cat 1037). 

Y esto es posible. Veamos lo que cuenta la mística María Simma, de quien hablaremos ampliamente en este libro: “Conocí un hombre que me dijo que él no quería ir al cielo. Yo le pregunté: ¿Por qué? Me dijo: Porque Dios permite muchas injusticias. Yo le aclaré que no es Dios, sino los hombres malos. Pero él me dijo: “Yo lo odio. Espero no encontrarme con Él después de mi muerte, si no lo mataré con un hacha”. ¿Es posible que alguien pueda odiar a Dios? ¿Que alguien creado con amor y por amor por un Dios infinitamente bueno, pueda odiarlo? Sí, es posible. De todos modos, nadie se va a condenar por sus pecados mortales cometidos, como si Dios lo castigara inexorablemente, quiera o no quiera; se condenará por su decisión de no arrepentirse, de no querer ser perdonado y por su soberbia de seguir rechazando a Dios eternamente. 

Muchos autores afirman que, al momento de la muerte, Dios se nos presentará con todo su amor divino y nos dará la oportunidad de sentir su amor y tener la opción, plenamente conscientes, de amarlo o rechazarlo para siempre. ¿Cuál será tu opción? Piensa que el infierno también puede ser una realidad para ti. Cada pecado que cometes te va alejando poco a poco de Dios y de su amor. Si quieres ir al infierno, el pecado es el camino más fácil y más rápido. Cuanto más graves sean tus pecados, más hundido estarás en tu propio infierno desde ahora y tu corazón estará más lleno de odio, violencia y maldad. 
El infierno será tu triste final, si vives encerrado en ti mismo y rechazas amar, servir, ayudar y hacer el bien a los demás. El infierno será tu propia cárcel, construida por ti mismo, una cárcel de odio y violencia, donde nunca podrás ser feliz. El infierno será la oscuridad y la tristeza total, la esclavitud eterna de Satanás y sus secuaces, será una vida eterna con los demonios. ¿Por qué no te decides ahora mismo por amar a Dios y a los demás? ¿Por qué no te arrepientes de tus pecados? ¿Por qué no le pides a Dios insistentemente la gracia de la salvación? No te condenarás sin quererlo. No tengas miedo. Si quieres ser bueno, aunque seas débil, Dios será tu fortaleza. Tú decide hacer el bien en vez de hacer el mal, decide amar en lugar de odiar. Recuerda que el infierno es no querer amar y no poder decir JESÚS jamás. 
“El Infierno es el rechazo eterno del amor”

EL DIABLO
Hay muchos que, cuando oyen hablar del diablo, se fastidian, porque no creen en su existencia y consideran a los que creen como anticuados y retrógrados. Pero el diablo no deja de existir, porque algunos no crean en él. La Escritura nos habla de él, la Iglesia lo confirma, todos los santos han tenido experiencias con él y muchas personas comunes y corrientes pueden certificarlo, especialmente los que han estado metidos en grupos de adoración a Satanás. 

El diablo es un ser maligno, perverso y pervertidor, la mentira y el odio personificados. Él ha querido formarse también una iglesia con adoradores y seguidores fieles: las iglesias satánicas. Y muchos lo siguen, a veces, inconsciente e irresponsablemente, quizás por curiosidad o buscando en esas reuniones experiencias ocultas de placer o de sabiduría. Pero la realidad de los que están metidos en el satanismo, es dramática y horrible. 

Miguel Warnke perteneció a una secta satánica en California, USA, y escribió un libro titulado “El vendedor de Satanás”, editado por Logos International, en Plainfield, New Jersey, en 1972. En este libro nos cuenta su odisea y cómo entró en el grupo. Su testimonio es realmente extraordinario por tratarse de un alto jefe de una secta satánica de la que pudo salir. Él cuenta que “el crimen, la orgía sexual, la tortura ritual, el canibalismo, la droga... son las principales herramientas que utilizan. Sin embargo, estos actos monstruosos nada son comparados con las fuerzas demoníacas que se convocan y sueltan, de las cuales pierden muchas veces el control... En nuestras reuniones llamábamos a los demonios para que hicieran casi cualquier cosa que la mente de una persona dirigida por Satanás puede soñar.. Los demonios pueden infligir enfermedad, posesionarse de los hombres y animales, pueden oponerse al crecimiento espiritual, pueden diseminar falsa doctrina, pueden atormentar a la gente, pueden adivina, causar celos, orgullo, lascivia o pueden conducir a una persona a la desesperación. Los demonios buscan habitar en cuerpos humanos para poder satisfacer sus lascivias indescriptibles y sus perversos anhelos.
“Al ser yo nombrado sumo sacerdote tenía toda la bebida que pudiese bebe,; todas las satisfacciones que deseara y control de vida o muerte literalmente sobre toda una legión de personas. Pero en el infierno del satanismo no hay compasión ni caridad, sólo hay violencia y maldad. 

Todas aquellas gentes que me ‘amaban’ y que se preocupaban de mí, que me alababan, que me palmoteaban la espalda, que me hacían viajar en avión para celebrar conferencias, que me vestían y me proveían de coche con chofe,; que me daban dinero en abundancia, drogas, licor y cualquier cosa que yo deseara, me lanzaron una noche lluviosa, completamente desnudo, en el pavimento de la puerta de un hospital para deshacerse de mí, que estaba enfermo por la droga...

Yo había aumentado el número de miembros de la secta de 500 a 1.500, había manejado miles de dólares en el tráfico de estupefacientes y siempre había acatado lealmente cada orden para hacer lo que querían los agentes de Satanás. Pero ahora ya no les servía. Con Satanás no hay segunda oportunidad ni simpatía, ni ayuda, cuando la necesitas... Cuando me recuperé en el hospital, vi que tenía 45 dólares en el bolsillo y me fui a una tienda de venta de armas y me compré un revólver Smith & Wesson, calibre 38, y una bala que me costaron 44.98 dólares. Con una bala era suficiente, quería suicidarme.

Pero no se suicidó y se arrepintió de sus pecados. Encontró en Dios la paz que había perdido y fue liberado de las garras de Satanás por el poder del único que podía salvarlo: Jesucristo. Tú también puedes ser liberado de cualquier opresión del maligno. ¿Acaso prefieres vivir en ese mundo tenebroso del miedo, odio, violencia y maldad, que será tu infierno eternamente? ¿Crees que vale la pena conseguir toda clase de placeres, dinero y poder a cambio de tu alma? Recuerda que el diablo existe y no tendrá compasión de ti. Pero, mientras hay vida, hay esperanza. Procura alejarte cuanto antes de este camino, que puede ser sin retorno. Para Dios no hay nada imposible. Confía en Él. No dejes para mañana lo que debes hacer hoy. Después podría ser demasiado tarde. Acércate a Dios y dile con amor en este mismo instante: “Dios mío, perdóname todos mis pecados y ten compasión de mí. Yo te amo y yo confío en Ti “. Repítelo muchas veces y después acude al sacramento de la confesión. Y encontrarás el perdón y la paz. Una paz sin límites, que nadie puede darte, sino sólo Dios. Te deseo que seas feliz. Jesús te espera y te ama. Él te ha creado para el cielo. No lo olvides.


”Jesús es Amor , Perdón y Misericordia”


Capítulo 3: El cielo. El purgatorio

EL CIELO
¿Qué es el cielo? Según el Catecismo de la Iglesia católica “el cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Cristo” (Cat 1026). “La vida perfecta con la Santísima Trinidad... con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama cielo” (Cat 1024). 

Dice el Apocalipsis que, en el cielo, los elegidos “verán el rostro de Dios y llevarán su nombre sobre la frente. No habrá ya noche ni tendrán necesidad de luz de antorchas ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22,4-5). “El mismo Dios estará con ellos y enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte no existirá más, ni habrá duelo ni gritos ni trabajo, porque todo esto es ya pasado” (Ap 21,3-4). 

San Pablo nos cuenta su propia experiencia: “Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que no se pueden expresar” (2 Co 12,2-4). “Ni el ojo vio ni el oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Co 2,9). 

Muchos santos también han tenido experiencias de cielo. La Venerable Concepción Cabrera de Armida dice: “Un día después de comulgar, me dejé llevar de la voluntad de Dios. Me ví sumergida en un abismo de luz y claridad, de eso inexplicable que arrebata todo sentido, quedando el alma suspensa y en un punto fija. Ese punto era Dios, Dios, abismo de pureza y de infinitos resplandores... ¡Oh Trinidad beatísima, luz de luz, en donde no hay la más leve sombra! ¡Oh Padre, Hijo y Espíritu Santo! Yo me gozo en el secreto sublime de tu felicidad incomprensible. Te amo tanto, tanto” (Diario, 17 de julio de 1897). 

Santa Faustina Kowalska escribe en su Diario: “Hoy he estado en espíritu en el paraíso y he visto la inconcebible belleza y felicidad que nos espera después de la muerte. He visto cómo todas las criaturas rinden incesantemente honor y gloria a Dios. Y he visto cuán grande es la felicidad que se vive en Dios” (27-11-1936). 

También puedo decir que en cada aparición, el ver a la Madre de Dios significa para mí ver el cielo. Junto a Ella uno se siente en el cielo, con el corazón lleno de amor y de felicidad”. 

Sí, el cielo existe y tú puedes ir a él, sólo necesitas quererlo y pedirle perdón a Dios de tus pecados. Allí en el cielo, tendrás la alegría de conocer y amar a todos los hombres de todos los tiempos y conocerás sus vidas y darás con ellos gloria a Dios. Allí no habrá barreras de idiomas, porque todos se entenderán con el lenguaje del amor. Allí no habrá ancianos, niños o enfermos, todos serán iguales ante Dios con la única diferencia de su grado de amor y de felicidad. El cielo será la meta de todos tus deseos y esperanzas. El cielo será tu felicidad colmada para siempre. Pero ¿estás preparado o necesitas purificar tu alma en el purgatorio? 

“El cielo es la Plenitud del amor”


EL PURGATORIO

Es un estado de purificación de todas las “manchas” o consecuencias negativas de nuestros pecados. Es como pasar el alma por el fuego del amor de Dios. Este fuego de amor divino hace felices a los bienaventurados y, su falta, hace infelices a los condenados. Por eso, decía el teólogo Hans Urs Von Balthasar que “el purgatorio es Dios que purifica, Dios perdido es el infierno y Dios poseído es el cielo.

En su “informe sobre la fe”, el Papa Benedicto XVI dice: “Hoy todos nos creemos tan buenos que no podemos merecer otra cosa sino el paraíso. Esto proviene de una cultura que tiende a borrar del hombre todo sentimiento de culpa y de pecado. Alguien ha observado que las ideologías que predominan actualmente coinciden todas en una cosa fundamental: la obstinada negación del pecado, del infierno y del purgatorio... Yo digo que, si no existiera el purgatorio, habría que inventarlo. Porque hay pocas cosas tan espontáneas, tan humanas, tan universalmente extendidas, en todo tiempo y cultura, como la oración por los propios allegados difuntos. Calvino, el reformador de Ginebra, hizo azotar a una mujer sorprendida orando sobre la tumba de su hijo y, por lo tanto, según él, culpable de superstición. 

La Reforma protestante, en teoría, no admite el purgatorio ni por consiguiente las oraciones por los difuntos. Pero en la práctica, al menos los luteranos alemanes, han vuelto a ellas, justificándolas con algunas consideraciones teológicas. Las oraciones por los seres queridos son un impulso demasiado espontáneo para que pueda ser sofocado, es un testimonio bellísimo de solidaridad, de amor y de ayuda que va más allá de las barreras de la muerte. De mi recuerdo o de mi olvido depende un poco la felicidad o infelicidad de aquel que me fue querido y que ha pasado ahora a la otra orilla, pero que no deja de tener necesidad de mi amor”. El P. Jean Guiton, famoso teólogo francés, dice: “He encontrado muchos protestantes, que rezan por sus difuntos, a pesar de que su fe no dice nada sobre esto”.

Y es que después de la muerte, el alma experimenta el amor de Dios con tal intensidad que siente la imperiosa necesidad de amarlo con todas sus fuerzas, pero no puede, porque está “enferma” por las secuelas de sus pecados y necesita purificarse. Es como un enfermo de los pulmones que quisiera respirar sin dificultad y necesita primero curarse para poder respirar a pleno pulmón. Así también el alma quiere amar a Dios con toda su capacidad y sufre, porque no puede amarlo en plenitud. Sin embargo, lo grande de todo este misterio es que la misericordia de Dios permite que los vivos puedan suplir por los difuntos y así puedan sanarse más rápidamente. Es como si les obtuviéramos la medicina adecuada que, en un instante o en poco tiempo, los curara y los purificara totalmente. O como si pagáramos su deuda de golpe (indulgencia plenaria) para que fueran directamente al cielo, o pagarla por partes para que vayan creciendo gradualmente hasta la plenitud de su amor. 

Una religiosa hablaba así del purgatorio. Supongamos que un día se abre una puerta y aparece un ser espléndido y maravilloso. Nosotros nos sentimos anonadados y fascinados por su belleza y él nos dice que está locamente enamorado de nosotros. Uds. jamás han soñado poder ser amados así. Tienen gran deseo de arrojarse en sus brazos para sentir su amor, pero se dan cuenta que hace meses que no se asean y huelen mal, tienen el pelo grasiento y el vestido lleno de manchas... Y le dicen: “Espere un momento” y se van primero a lavarse y asearse. Pero el amor es tan intenso que cada minuto de retraso es un sufrimiento insoportable. Pues bien, el purgatorio es algo de eso, un retraso impuesto por nuestra impureza antes del abrazo pleno y definitivo con Dios. El purgatorio es como un deseo inmenso de Dios, un deseo loco de amar a Dios en plenitud, que hace sufrir lo indecible al alma que espera. 

Por eso, decía Santa Catalina de Sena: “Qué maravilloso debe ser el cielo, cuando Dios exige una purificación total, tan dolorosa al alma”.


a) Textos Bíblicos 
Jesús dice que “no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último centavo” (Mt 5,26). “Ya que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio” (Mt 12,36). Por eso, “cada uno mire cómo edifica... si con oro, plata, piedras preciosas o maderas, heno, paja... Aquel cuya obra subsista recibirá el premio y aquel cuya obra sea consumida sufrirá el daño; él, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa por el fuego” (1 Co 3,10-15). Jesús dice que hay pecados que no se perdonarán ni en este mundo ni en el otro, dando a entender que otros sí. Dice: “Quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este mundo ni en el otro” (Mt 12,32). 

Por lo tanto, “es bueno y piadoso orar por los difuntos para que sean liberados de sus pecados” (2 Mc 12,43). Porque en el cielo “no puede entrar nada manchado” (Ap 21,27). Sólo los limpios de corazón, como dice Jesús, verán a Dios (Mt 5,8). Por eso, San Pablo desea la misericordia de Dios en el día del juicio para su fiel auxiliar Onesíforo: “Que el Señor le dé hallar misericordia en aquel día” (2 Tim 1,18). 


b) Doctrina de la Iglesia 
“Los que mueren en gracia y amistad de Dios, pero imperfectamente purificados aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” (Cat 1030). “La Iglesia llama purgatorio a esa purificación final de los elegidos” (Cat 1031). 
“La Iglesia peregrina honró desde los primeros tiempos del cristianismo con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones... Nuestra oración por ellos puede, no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor” (Cat 958). “La Iglesia recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos” (Cat 1032). 
La fiesta o conmemoración de todos los fieles difuntos se celebra cada año el dos de noviembre. Esta fiesta fue introducida en el calendario litúrgico por el monasterio de Cluny (Francia) en el siglo XI. De allí se difundió a todas las abadías cluniacenses y, después, a los países europeos y al mundo entero. 
En 1274, en el segundo concilio de Lyon, la Iglesia declaró por primera vez, de modo solemne, la doctrina sobre el purgatorio: “Después de esta vida existen penas purificadoras para los que no están suficientemente limpios de sus pecados, penas que las oraciones de los vivos puedan aligerar”. La existencia del purgatorio fue definida en el concilio de Florencia (1438-45), aunque no se definió que fuera un lugar ni que hubiera fuego. No se afirmó nada sobre cómo eran las penas. Lo que está definido es que es un estado en el que los difuntos, no enteramente purificados, son “purgados”, que esta purificación tiene un carácter de castigo después de la muerte y que los vivos pueden ayudar con sufragios a los difuntos (DS 1304). En el concilio de Trento (1545-63) se definió esta misma doctrina (DS 840,983,1580). 
El concilio Vaticano II afirmó: “Este sagrado sínodo recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros antepasados acerca del consorcio vital con nuestros hermanos que se hallan en la gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte, y de nuevo confirma los decretos de los sagrados concilios Niceno II, Florentino y Tridentino” (LG 51). 

c) Testimonio de los primeros cristianos 
En libros antiguos como “Actas de Pablo y Tecla “, de fines del siglo II, se habla de la costumbre cristiana de orar por los difuntos. Tertuliano (160-240) habla del sacrificio eucarístico que se ofrecía en el aniversario de la muerte (De monogamia 10). San Cirilo de Jerusalén, en su exposición de la misa, hace referencia a la oración por los difuntos que se hacía después de la consagración. 
En una inscripción del año 216, en el epitafio de Abercio de Hierópolis, se ve escrito: “Quien sea compañero en la fe, que rece una oración por Abercio. En las catacumbas de San Calixto hay algunas palabras escritas por aquellos primeros cristianos que iban a morir: “Acordaos en vuestras plegarias de nosotros que os hemos precedido “. En muchos monumentos fúnebres de los tres primeros siglos, se ve escrito esta o parecida inscripción: “Que la luz de Cristo brille sobre ti”. En las catacumbas de Roma hay una inscripción que dice: 

“Librad, Señor, el alma de vuestro siervo difunto como librasteis a Daniel del lago de los leones”. San Efrén decía que “los muertos son auxiliados por las oblaciones que hacen los vivos”.
Esta costumbre de ofrecer oraciones y sacrificios por los difuntos estaba muy profundamente enraizada en el antiguo judaísmo, como se ve en el libro segundo de los Macabeos, y continúa hasta ahora en el pueblo judío, a pesar de tantas migraciones por todo el mundo. Los hermanos separados rechazaron el purgatorio en contra de toda una serie de testimonios de la Escritura y de la tradición judía y cristiana. Aunque la palabra purgatorio no se encuentre en la Escritura ni en los escritos de los Santos Padres, se nos habla de la realidad del purgatorio y de la creencia en la eficacia de la oración por los muertos, que no tendría sentido si el purgatorio no existiese. Así lo creía Jesús de acuerdo a la mentalidad judía y nunca criticó esta doctrina. 

“El Purgatorio es la purificación de nuestro amor”


Capítulo 4: Los santos y el purgatorio

LOS SANTOS Y EL PURGATORIO

La experiencia de los santos reafirma nuestra fe en el purgatorio. 
Tertuliano en las “Actas del martirio de Santa Felicidad y Perpetua” cuenta lo que le sucedió a Santa Perpetua hacia el año 202. Una noche, mientras estaba en la cárcel, vio a su hermano Dinocrates, que había muerto a los siete años de un tumor en el rostro. Ella dice así: “Vi salir a Dinocrates de un lugar tenebroso, donde estaban encerrados muchos otros que eran atormentados por el calor y la sed. Estaba muy pálido. En el lugar donde estaba mi hermano había una piscina llena de agua, pero tenía una altura superiora un niño y mi hermano no podía beber Comprendí que mi hermano sufría. Por eso, orando con fervor día y noche, pedía que friera aliviado... Una tarde vi de nuevo a Dinocrates, muy limpio, bien vestido y totalmente restablecido. Su herida del rostro estaba cicatrizada. Ahora sí podía beber del agua de la piscina y bebía con alegría. Cuando se sació, comenzó a jugar con el agua. Me desperté y comprendí que había sido sacado de aquel lugar de sufrimientos” (VII,3-VIII,4)

San Agustín, en el siglo V, afirma: “La Iglesia universal mantiene la tradición de los Padres de que se ore por aquellos que murieron en la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo” (Sermo 172,1). “Opongan los herejes lo que quieran, es un uso antiguo de la Iglesia orar y ofrecer sacrificios por los difuntos” (libro de herejías, cap 53). Su madre Santa Mónica antes de morir dice: “Sepulten mi cuerpo donde quieran, pero les pido que, dondequiera que estén, se acuerden de mí ante el altar del Señor” (Confesiones IX,11). Y él dice: “Señor, te pido por los pecados de mi madre” (Conf IX,13). “Señor, que todos cuantos lean estas palabras se acuerden ante tu altar de Mónica tu sierva y de Patricio, en otro tiempo su marido, por los cuales no sé cómo me trajiste a este mundo. Que se acuerden con piadoso afecto de quienes fueron mis padres en la tierra... para que lo que mi madre me pidió en el último instante, le sea concedido más abundantemente por las oraciones de muchos, provocadas por estas Confesiones y no por mis solas oraciones” (Conf IX,13). Y afirmaba que “el sufrimiento del purgatorio es mucho más penoso que todo lo que se puede sufrir en este mundo” (In Ps. 37, 3 PL 36). 

Algo parecido decía Santa Magdalena de Pazzi, quien pudo una vez contemplar a su hermano difunto y dijo: “Todos los tormentos de los mártires son como un jardín de delicias en comparación de lo que se sufre en el purgatorio”.

Santa Catalina de Génova, llamada la doctora del purgatorio, escribió un tratado sobre el purgatorio, que en 1666 recibió la aprobación de la Universidad de París, y dice que “en el purgatorio se sufre unos tormentos tan crueles que ni el lenguaje puede expresar ni se puede entender su dimensión.

San Nicolás de Tolentino, que vivió en el siglo XIII, tuvo una experiencia mística que lo hizo patrono de las almas del purgatorio. Un sábado en la noche, después de prolongada oración, estaba en su lecho, queriendo dormirse, cuando escuchó una voz lastimera que le decía: “Nicolás, Nicolás, mírame si todavía me reconoces. Yo soy tu hermano y compañero Fray Peregrino. Hace largo tiempo que sufro grandes penas en el purgatorio. Por eso, te pido que ofrezcas mañana por mí la santa misa para yerme por fin libre y volar a los cielos... Ven conmigo y mira”. El santo lo siguió y vio una llanura inmensa cubierta de innumerables almas, entre los torbellinos de purificadoras llamas, que le tendían sus manos, llamándolo por su nombre y le pedían ayuda. 

Conmocionado por esta visión, Nicolás la refirió al Superior que le dio permiso para aplicar la misa durante varios días por las almas del purgatorio. A los siete días, se le apareció de nuevo Fray Peregrino, ahora resplandeciente y glorioso, con otras almas para agradecerle y demostrarle la eficacia de sus súplicas. De aquí tiene su origen la devoción del septenario de San Nicolás en favor de las almas del purgatorio, es decir, mandar celebrar siete días seguidos la misa por las almas del purgatorio. 

Algo parecido podemos decir de las 30 misas gregorianas. Cuenta el gran Papa y Doctor de la Iglesia San Gregorio Magno (+604) que, siendo todavía abad de un monasterio, antes de ser Papa, había un monje llamado Justo, que ejercía con su permiso la medicina. Una vez, había aceptado sin su permiso una moneda de tres escudos de oro, faltando gravemente así al voto de pobreza. Después se arrepintió y tanto le dolió este pecado que se enfermó y murió al poco tiempo, pero eh paz con Dios. Sin embargo, San Gregorio, para inculcar en sus religiosos un gran horror a este pecado, lo hizo sepultar fuera de las tapias del cementerio, en un basural, donde también echó la moneda de oro, haciendo repetir a los religiosos las palabras de San Pedro a Simón mago: “Que tu dinero perezca contigo “. A los pocos días, pensó que quizás había sido demasiado fuerte en su castigo y encargó al ecónomo mandar celebrar treinta misas seguidas, sin dejar ningún día, por el alma del difunto. 
El ecónomo obedeció y el mismo día que terminaron de celebrar las treinta misas, se apareció Justo a otro monje, Copioso, diciéndole que subía al cielo, libre de las penas del purgatorio, por las treinta misas celebradas por él. Estas misas, se llaman ahora, en honor de San Gregorio Magno, misas gregorianas. Estas treinta misas seguidas, celebradas por los difuntos, todavía se acostumbra celebrarlas y, según revelaciones privadas, son muy agradables a Dios. 

El año 1070 sucedió un suceso extraordinario en la vida de San Estanislao, obispo de Cracovia, en Polonia. Un cierto Pedro Miles le había regalado antes de morir algunas tierras de su propiedad para la Iglesia. Sus herederos, conscientes del apoyo del rey a su favor, sobornaron a algunos testigos y consiguieron que el santo fuese condenado a devolver esos terrenos. 

Entonces, San Estanislao les dijo que acudiría al difunto, muerto tres años antes, para que diera testimonio de la autenticidad de su donación. Después de tres días de ayuno y oración, se dirigió con el clero y gran cantidad de fieles hacia la tumba de Pedro Miles y ordenó que fuera abierta. Sólo encontraron los huesos y poco más. 

Entonces, el santo le pidió al difunto en nombre de Dios que diera testimonio y éste, por milagro de Dios, se levantó de la tumba y dio testimonio ante el príncipe Boleslao, que estaba presente, de la veracidad de su donación. Solamente el difunto le pidió al santo obispo y a todos los presentes que hicieran muchas oraciones por él para estar libre de los sufrimientos que padecía en el purgatorio. Este hecho, absolutamente histórico, fue atestiguado por muchas personas que lo vieron. 
San Pedro Damiano (1007-1072), cardenal y doctor de la Iglesia, cuenta que, en su tiempo, era costumbre que los habitantes de Roma visitaran las iglesias con velas encendidas la noche de la Vigilia de la Asunción. Un año sucedió que una noble señora estaba rezando en la basílica “María in Aracoeli”, cuando vio delante de sí a una dama que ella conocía bien y que se había muerto hacía un año, se llamaba Marozia y era su madrina de bautismo. Ella le dijo que estaba todavía sumergida en el purgatorio por los pecados de vanidad de su juventud y que, al día siguiente, iba a ser liberada con muchos miles de almas en la fiesta de la Asunción. Dijo: “Cada año la Virgen María renueva este milagro de misericordia y libera a un número tan grande como la población de Roma (en aquel tiempo de 200.000 habitantes). Nosotras, las almas purgantes, nos acercamos en esta noche a estos santuarios consagrados a Ella. Si pudieras vei verías a una gran multitud que están conmigo. En prueba de la verdad de cuanto te digo, te anuncio que tú morirás de aquí a un año en esta fiesta”. San Pedro Damiano refiere que, ciertamente, esta piadosa mujer murió al año siguiente y que se había preparado bien para ir al cielo el día de la fiesta de María.

Entre los santos que han tenido mucha devoción a las almas benditas está la Beata Sor Ana de los Ángeles y Monteagudo, religiosa dominica peruana del siglo XVI. Cuenta Sor Juana de Santo Domingo que un día tenía hambre y no había nada que comer en el convento. La santa le dijo que le trajera el breviario para rezar juntas a las almas del purgatorio para que les enviaran alimentos. Pues bien, antes de terminar de rezar el Oficio de difuntos, mandaron llamar a la portería a Sor Ana y ésta le dijo a Sor Juana: “No te he dicho que las almas mandarían de comer? Vete tú misma a la portería y recibe lo que traen “. Allí se presentó un joven de buen aspecto que les traía panes, quesos, harina y mantequilla. 

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), hablando de la fundación del convento de Valladolid dice así: “Tratando conmigo un caballero principal, me dijo que si quería hacer un monasterio en Valladolid, que él daría una casa que tenía con una huerta muy buena. A los dos meses, poco más o menos, le dio un mal tan acelerado que le quitó el habla y no se pudo bien confesar aunque tuvo muchas señales de pedir perdón al Señor Muy en breve murió y díjome el Señor que había estado su salvación en harta aventura y que había tenido misericordia de él por aquel servicio que había hecho a su Madre en aquella casa que había dado para hacer un monasterio de su Orden y que no saldría del purgatorio hasta la primera misa que allí se dijese, que entonces saldría... Estando un día en oración (en Medina del Campo), me dijo el Señor que me diese prisa, que padecía mucho aquella alma... No se pudo hacer tan presto, pero nos dieron la licencia para decir la misa, adonde teníamos para Iglesia y así nos la dijeron... Viniendo el sacerdote adonde habíamos de comulgar, llegando a recibirle, junto al sacerdote se me presentó el caballero que he dicho, con el rostro resplandeciente y alegre. Me agradeció lo que había hecho por él para que saliese del purgatorio y fuese su alma al cielo... Gran cosa es lo que agrada a nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre y grande es su misericordia” (Fundaciones 10). 

Veamos otras de sus experiencias: “Había muerto un provincial... Estando pidiendo por él al Señor lo mejor que podía, me pareció salía del profundo de la tierra a mi lado derecho y vile subir al cielo con grandísima alegría. Él era ya bien viejo, mas vile de edad de treinta años y aún menos me pareció, y con resplandor en el rostro” (Vida 38,26). Otra vez “habíase muerto una monja en casa, hacía poco más de día y medio. Estando diciendo una lección de difuntos, la vi que se iba al cielo. Otra monja también se murió en mi misma casa. Ella, de hasta dieciocho o veinte años siempre había sido enferma y muy sierva de Dios. Estando en las Horas, antes que la enterrasen, harían cuatro horas que era muerta, entendí salir del mismo lugar e irse al cielo” (Vida 38,29). En otra ocasión, “habíase muerto un hermano de la Compañía de Jesús y estando encomendándole a Dios y oyendo misa de otro Padre de la Compañía por él, dióme un gran recogimiento y vile subir al cielo con mucha gloria y al Señor con él” (Vida 38,30). 

“Un fraile de nuestra Orden (Fray Diego Matías), harto buen fraile, estaba muy mal y estando yo en misa me dio un recogimiento y vi cómo era muerto y subir al cielo sin entrar en el purgatorio. Yo me espanté de que no había entrado en el purgatorio... De todos los que he visto, ninguno ha dejado de entrar en el purgatorio, si no es este Padre, el santo Fray Pedro de Alcántara y otro Padre dominico que queda dicho. De algunos ha sido el Señor servido que vea los grados que tienen de gloria. Es grande la diferencia que hay de unos a otros” (Vida 38,3 1-32). 

En la vida de Santa Catalina de Ricci 
(1522-1590) se dice que el 19 de octubre de 1587, murió Francisco, gran duque de Toscana y gran bienhechor de la santa y de su monasterio. Ella le pidió a Dios tomar sobre sí todas las penas que él debería sufrir en el purgatorio. Durante cuarenta días ocurrió un fenómeno inexplicable para los médicos. Su cuerpo parecía como de fuego, no podían tocarla sin quemarse, hasta el punto que su celda parecía que estuviera en llamas. Era un sufrimiento verla sufrir sin poderla ayudar. Cuando pasaron los cuarenta días y todas las penas le fueron descontadas al duque, Catalina volvió a ser la persona normal de siempre. Y el duque se le apareció, glorioso y resplandeciente, porque ya iba al cielo. Este caso, al igual que el de otros santos, es un caso extraordinario de expiación vicaria a favor de las almas del purgatorio. 

En los documentos del proceso de beatificación del P. Domingo de Jesús y María, carmelita, muerto en 1630, se cuenta que, cuando lo mandaron sus superiores a Roma, en la habitación del convento encontró una calavera, que según la costumbre de entonces le ayudaría a pensar en la muerte. Una noche oyó una voz que salía de la calavera: “Nadie se acuerda de mí”. Se puso a orar, echó agua bendita y escuchó: “Agua, agua, misericordia, misericordia”. 

Y de nuevo la voz del difunto le dijo que era un alemán, que había muerto al llegar a Roma a visitar los santos lugares, que estaba enterrado en el cementerio, pero estaba en el purgatorio y nadie se acordaba de él. El P. Domingo rezó mucho por él y a los pocos días se le apareció lleno de belleza esplendorosa para agradecerle por su liberación. 

La Vble. María de Jesús Agreda (1602-1665) fue varias veces al purgatorio a visitar a las almas. En una ocasión oyó que le decían: “María de Jesús, acuérdate de mí” y conoció a una mujer de la villa de Agreda, que se llamaba María Lapiedra y que había muerto en Murcia. 
Cuando murió la reina Isabel de Borbón, el 6 de octubre de 1644, se le apareció varias veces para pedirle oraciones. Dice en sus escritos: “El día de las ánimas, dos de noviembre de este año de mil seiscientos y cuarenta y cinco, estando en los maitines y oficio que hace la iglesia por los difuntos, se me manifestó el purgatorio con grande multitud de almas, que estaban padeciendo y me pedían las socorriese. Conocí muchas, incluida la de la reina y otra de una persona que yo había tratado y conocido antes. Yo me admiré de que el alma de la reina, después de tantos sufragios y misas como se habían ofrecido por ella, estaba todavía en el purgatorio, aunque sólo había pasado un año y veintiséis días de su muerte... Llegada la noche vi algunos ángeles en la celda con grande hermosura y me dijeron que iban al purgatorio a sacar el alma de la reina por quien yo había pedido... Y los ángeles la llevaron al eterno descanso, que gozará mientras Dios fuere Dios”. 

También se le apareció el príncipe heredero Don Baltasar Carlos, que murió el nueve de octubre de 1646. Dice ella: “Para consolarme, el Altísimo me manifestó que el príncipe se había salvado, aunque era menester ayudarle mucho, porque tenía grandes penas en el purgatorio. A los siete u ocho días después de su muerte, estando en el coro, se me apareció su alma y me dijo: Sor María, el ángel santo de mi guarda, que es el que me ha consolado desde que se apartó mi alma del cuerpo, me ha declarado cómo ayudaste a mi madre la reina en el purgatorio y me ha encaminado por voluntad divina y traído a tu presencia para que te pida oraciones... Estos aparecimientos del alma de su Alteza se me fueron continuando otras veces... El alma del príncipe estuvo en el purgatorio ochenta y tres días, que hay desde el nueve de octubre de 1646 hasta el primero de enero de 1647, pero he conocido que, por particulares socorros y por la especialísima misericordia del todopoderoso, se le aliviaron mucho las penas “. 

Del proceso apostólico sobre su beatificación tomamos el siguiente suceso extraordinario, de un muerto que resucita para confesarse Veamos lo que dice al respecto el testigo Padre Arriola en su declaración jurada: “Llevaron al convento de la sierva de Dios un arca grande sin noticia del convento ni de la Madre ni de ninguna otra religiosa. Pidieron al sacristán menor que les abriese la puerta de la iglesia para poner en custodia aquella arca... que era de mercadería... Estando en oración, la sierva oyó unos gemidos tristes y profundos lamentos. Atenta hacia el lugar de donde salían, le pareció que los despedía la boca de algún sepulcro... Y le fue revelado que aquellos lamentables suspiros eran de un alma que acabó impenitente la mortal vida y que su cuerpo estaba en un arca que habían puesto en la iglesia... Y le dijo el mismo Dios a su sierva que, con toda prudencia y brevedad, dispusiese llamar a un confesor para que oyese en confesión al miserable infeliz en quien resplandeció la mayor misericordia... Mandó llamar al Padre Francisco Coronel... En llegando él, le dijo todo el suceso referido. Y éste se llegó adonde estaba el arca, de la cual se levantó el difunto. Y después de haber hecho humildísima post ración y adoración al Santísimo sacramento del altar y haber estado un breve rato en cruz, vino a los pies del confesor e hizo una confesión dolorosa y verdadera. Dióle la absolución y muy inmediatamente el difunto volvió al arca con imponderables demostraciones de rendimiento y agradecimiento... Y los mismos que habían llevado el cadáver se lo llevaron”. 

Otro caso parecido lo cuenta San Alfonso María de Ligorio en su obra “Las glorias de María”. Había una joven, llamada Alejandra, que era pretendida por dos jóvenes. Ambos vinieron un día a las manos y quedaron muertos los dos en medio de la calle. Por haber sido ella la causa de la muerte de los dos jóvenes, sus parientes la degollaron y echaron su cabeza en un pozo. A los pocos días, pasó por allí Santo Domingo de Guzmán e, inspirado por Dios, miró hacia el pozo y dijo: “Alejandra, sal fuera”. Y Alejandra apareció viva, pidiendo confesión. El santo la confesó y le dio la comunión en presencia de mucha gente que pudo atestiguar el hecho. Dice San Alfonso María de Ligorio: “La joven dijo que, cuando le cortaron la cabeza, estaba en pecado mortal, pero la Virgen le había dado esta oportunidad de confesarse, porque había rezado el rosario todos los días. Después de esto, fue su alma al purgatorio. Al cabo de otros quince días, se apareció al mismo Santo Domingo más hermosa y resplandeciente que el mismo sol y le declaró que uno de los sufragios más eficaces, que tienen las benditas almas del purgatorio, es el santo rosario. Dicho esto, vio el glorioso Santo Domingo entrar su alma llena de alegría en la mansión de la bienaventuranza eterna“

Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), en su Autobiografía, dice que “encontrándome delante del Santísimo Sacramento el día de la fiesta del Corpus Christi se me apareció de repente una persona envuelta en fuego. Su estado lamentable me hizo entender que estaba en el purgatorio. Me dijo que era el alma de un benedictino que, una vez, me había confesado y dado la comunión. Por esto, el Señor le había concedido el favor de poder dirigirse a mí para conseguir una reducción de sus penas. Me pidió de ofrecer por él por tres meses, todos mis sufrimientos y todas mis acciones. Al fin de los tres meses, lo vi lleno de alegría y de esplendor, cómo iba a gozar de la felicidad eterna y me agradeció diciéndome que velaría sobre mí junto a Dios”. 
“Nuestra madre me permitió en favor de las almas del purgatorio pasar la noche del Jueves santo (15 abril 1683) delante del Santísimo Sacramento y allí estuve una parte del tiempo toda como rodeada de estas pobres almas con las que he contraído una estrecha amistad. Me dijo el Señor que Él me ponía a disposición de ellas durante este año para que les hiciere todo el bien que pudiese. Están frecuentemente conmigo y las llamo mis amigas pacientes” (carta 22 a la Madre Saumaise). 

“Esta mañana, domingo del Buen pastor (2 de mayo 1683), dos de mis buenas amigas pacientes han venido a decirme adiós en el momento de despertarme y que éste era el día en el que el soberano pastor las recibía en su redil eterno, con más de un millón de otras almas, en cuya compañía marchaban con cánticos de alegría inexplicable. Una es la buena madre Monthoux y la otra mi hermana Juana Catalina Gascon, que me repetía sin cesar estas palabras: El amor triunfa, el amor goza. El amor en Dios se regocija. La otra decía: Qué bienaventurados son los muertos que mueren en el Señor y las religiosas que viven y mueren en la exacta observancia de su Regla... Como yo les rogara que se acordasen de nosotras, me han dicho, al despedirse, que la ingratitud jamás ha entrado en el cielo” (carta XXIII a Madre Saumaise del 2 de mayo de 1683). 

“La primera vez que vi a la hermana J.F. después de su muerte me pidió misas y varias otras cosas. Le ofrecí seis meses cuanto hiciera y padeciera y no me han faltado sufrimientos. Me dijo: Hay tres cosas que me hacen sufrir más que todo lo demás. La primera es el voto de obediencia que he observado tan mal, pues no obedecía más que en aquello que me agradaba. La segunda, el voto de pobreza, pues no quería que nada me faltase, proporcionando varios alivios a mi cuerpo... Ah, qué odiosas son a los ojos de Dios las religiosas que quieren tener más de lo que es verdaderamente necesario y que no son completamente pobres. La tercera es la falta de caridad y haber sido causa de desunión y haberla tenido con las otras” (carta 31 a Madre Saumaise del 20-4-1685). 

Susana María de Riants (1639-1724), religiosa visitandina del convento de L’Antiquaille de Lyon (Francia), tenía el carisma de ser visitada, frecuentemente, por las almas del purgatorio. Ella escribe: “Un día, al comenzar la oración de la tarde, Jesús me presentó un alma que había muerto hacía dieciocho años. Era madre de varias religiosas. Ese mismo día yo había tenido el fuerte deseo de orar por ella. Se me presentó y me habló de la bondad de Dios y cómo era muy importante cumplir en todo la voluntad de Dios. El Señor la liberó en ese mismo momento y fue resplandeciente y gloriosa con Él al cielo“.
“El 16 de marzo de 1686, en la oración de la tarde, vi interiormente a Jesucristo que, muy contento, me presentaba el alma de una de mis parientes muerta hacía nueve o diez años. Ella había vivido viuda durante treinta años y me dijo que la mayor pena que tenían las almas del purgatorio era haber perdido muchas ocasiones de sufrir por Dios... Si un alma pudiera venir de nuevo a la tierra, aceptaría con amor todos los sufrimientos que el Señor quisiera enviarle. Me dijo: No pierdas ninguna ocasión de sufrir por Dios... Y se fue al cielo resplandeciente de gloria “. 

“Un día, durante la misa, tuve la fuerte inspiración de pedir por el alma de uno de mis amigos y bienhechores del monasterio, que había muerto hacía diez años y algunos meses. Cuando el sacerdote elevaba la hostia, vi a Jesús que oraba por él al Padre. El difunto estaba presente en la misa y estaba prosternado con profundo agradecimiento ante el Salvador Por la tarde, a las cuatro o cinco, vino a decirme que iba a la gloria del cielo y me daba las gracias por mis oraciones “. 

En la vida de la Santa Crescencia de Hoss (1682-1794) se cuenta que, cuando murió su director espiritual el P. Ignacio Vagener, jesuíta, el 19 de octubre de 1716, ella lo vio en el coro junto a ella como un fantasma blanco. Ella rezó por él, sin saber quién era, aunque sí que era un alma purgante. El día 21 se le apareció de nuevo y lo reconoció. Ella rezó mucho por él y el día 23 se le apareció otra vez lleno de esplendor para agradecerle sus oraciones. 

Santa Verónica Giuliani (1660-1727) escribe en su Diario: “Mi ángel me obtuvo que una de estas almas del purgatorio me hablase y me dijo: Tened compasión de mí. No hay criatura viva que pueda entenderlo atroces que son estas penas. Tened compasión de mí. La encomendé a la Virgen y me pareció ver la dicha de esa alma que me dijo: Ahora he sabido que pronto saldré de aquí por vuestra caridad. GRACIAS. Al poco tiempo, la vi libre de las penas, toda bella y gloriosa con un grandísimo resplandor Parecía un nuevo sol y puesta junto al sol natural, ella habría sido más luminosa, y el sol mismo, junto a ella, parecía tinieblas “. 

La Vble. Ana Catalina Emmerick (1774-1824) dice que, siendo niña, fue conducida por su ángel al purgatorio. “½ allí muchas almas que sufrían vivos dolores y que me suplicaban orara por ellas. Parecía un profundo abismo... Allí vi hombres silenciosos y tristes en cuyo rostro se conocía, sin embargo, que en su corazón se alegraban como si pensaran en la misericordia de Dios. Conocí que aquellas pobres almas padecían interiormente grandes penas. Cuando oraba con fervor por las benditas ánimas oía muchas veces al oído voces que me decían: Gracias, gracias... Siendo mayor iba a misa a Koesfeld. Para orar mejor por las ánimas benditas tomaba un camino solitario. Si todavía no había amanecido, las veía de dos en dos oscilar delante de mí como brillantes perlas. El camino se me hacía claro y yo me alegraba de que las ánimas estuvieran en torno mío, porque las conocía y las amaba mucho, pues también por la noche venían a mí y me pedían auxilio... Dios me ha dado la gracia, muchas veces, de ver subir al cielo con infinita alegría a muchas almas del purgatorio. 
¡Cuántas gracias he recibido de las benditas almas! ¡Cuánto se las olvida, mientras que ellas suspiran ardientemente por ayuda! 

Todo lo que hacemos por ellas les causa una inmensa alegría... Allí en el purgatorio he visto a protestantes que han vivido piadosamente en su ignorancia. Están abandonados, porque carecen de oraciones... También me he dado cuenta de que el poder aparecerse para pedir auxilio y sufragios es una gracia señalada que Dios da a algunas almas... Triste cosa es que las almas benditas sean ahora tan pocas veces socorridas. Es tan grande su desdicha que no pueden hacer nada por sí mismas. Pero, cuando uno ruega por ellas o sufre por ellas o da una limosna por ellas, en ese mismo momento se ponen tan contentas como aquel a quien dan de beber agua fresca, cuando está a punto de desfallecer de sed... Los santos del cielo no pueden hacer nada por ellas. Todo lo tienen que esperar de nosotros... El sacerdote que rece devotamente las horas, con intención de satisfacer portas negligencias de estas almas, puede procurarles un indecible consuelo. Además, la bendición sacerdotal penetra hasta el purgatorio y consuela como rocío del cielo a las almas a quienes con fe firme bendice el sacerdote “. 

“He visto a un sacerdote muy piadoso y caritativo que murió anoche a las nueve. Ha pasado tres horas en el purgatorio por haber perdido el tiempo en hacer bromas. Este sacerdote tenía que haber permanecido varios años en el purgatorio, pero ha sido socorrido con muchas misas y oraciones. A este sacerdote lo he conocido mucho” (3 1-12-1820). 

“Hoy he visto un jabalí muy grande y espantoso que salía asomando de un lugar profundo y maloliente. Yo temblaba y me estremecía. Era el alma de una dama de París. Me dijo que yo no podía rogar por ella, puesto que no había posibilidad de ayudarla, ya que debía permanecer en el purgatorio hasta el fin del mundo, pero que debía rogar por su hija para que se convirtiese y no cometiera pecados como ella” (13-7-1821). 

“No puedo explicar la compasión que me causa ver a las almas del purgatorio. Pero nada hay más consolador que contemplar su paciencia y ver cómo se alegran las unas de la salvación de las otras. He visto niños también en ese lugar” (2-11-1822). 

La Beata Isabel Canon Mora (1774-1825) escribe en su Diario: “El 17 de junio de 1814 se me presentó el Papa Pío VI (muerto en 1799) y me pidió que rogara por él, porque todavía estaba en el purgatorio... Me dijo: Vete a tu padre espiritual y él te manifestará lo que debes hacer para obtenerme esta gracia. Te prometo no abandonarte nunca y ser tu protector desde el cielo... Mi padre espiritual me pidió ir cinco veces a la iglesia de Santa María la Mayor a visitar el altar de San Pío V y rezarle por la libe ración de su sucesor... Al día siguiente, a la hora de vísperas, me fue asegurado que entraba en el paraíso... El 19 de junio, en la comunión, vi a este santo pontífice delante del trono de Dios “. 
“El 8 de noviembre de 1819, después de la comunión, se me apareció el alma del cardenal Scotti y me dijo: La divina justicia me había condenado al purgatorio por espacio de 30 años y el Señor me ¡ibera ahora... Tus penitencias, ayunos y oraciones, han dado compensación a la justicia divina, por los méritos infinitos del divino Redentor, a cuyos méritos uniste tu penitencia, ayunos y oraciones a favor mío. Ahora me voy al cielo a gozar del inmenso bien por toda una interminable eternidad”. 
“El 2 de noviembre de 1822 recordé que comenzaba el octavario por los fieles difuntos y oré al Señor con fervor por ellos. Le dije: Dame la llave de esta horrible cárcel, como otras veces te has dignado darme, porque siento un gran deseo de sacar del purgatorio a aquellas almas santas. Os suplico esta gracia por los méritos infinitos de vuestra pasión y muerte.., el Señor me dijo: Preséntate a aquella cárcel y dales la consoladora noticia de que pronto estarán conmigo en el paraíso. En aquel momento, aparecieron tres ángeles, que me acompañaron a la cárcel del purgatorio... No me es posible decir la alegría y consolación de aquellas almas y cuánto fue su agradecimiento y alabanza a la infinita misericordia de Dios. Al día siguiente, fu a la iglesia y estuve más de tres horas orando por las almas del purgatorio y el Señor se dignó mostrarme el triunfo de su misericordia y vi a aquellas almas que en filas, acompañadas de sus ángeles custodios, entraban gloriosas y triunfantes en el cielo. Todos los días del octavario ocurrió lo mismo y así por nueve días... Se puede decir que en nueve enormes hileras (una cada día) se despobló el purgatorio. No puede haber vista más bella que ésta y que demuestra la infinita misericordia de Dios y el gran triunfo de los infinitos méritos de la preciosísima sangre de Jesucristo “. 

La Beata Ana María Taigi (1769-1837) asistió al funeral del cardenal Doria y el Señor le hizo entender que los cientos de misas que el purpurado había dejado encargadas no le servirían a él sino a los pobres, porque durante su vida no había rezado por las almas del purgatorio. 

Esto también nos podría suceder a nosotros, si en vida, no nos preocupamos de ellas. Al fin de cuentas, Dios es el que distribuye los sufragios ofrecidos por nosotros y no basta con dejar dinero para misas. Más vale “oír” una misa en vida que cien después muertos. 

El Beato Luis Orione escribió una carta a Don De Filippi el 25 de setiembre de 1897 en la que escribió: “No hace ni 10 minutos que ha estado, en esta habitación en que te escribo, tu sobrino De Filippi Felice. He estado conversando con él durante media hora, para mi alegría y consolación. Sabía que estaba hablando con un muerto y me he quedado con mucha paz. Él rezará por nosotros, pero nosotros debemos rezar por él. Oh, estoy muy contento de haberlo visto. Tenía los ojos bellos como los ojos de uno que es inocente. Recemos por él “. 

Santa Gema Galgani (1878-1903) tenía hecho el voto de ánimas a favor de las almas del purgatorio y todos los días pedía especialmente por ellas. Cuando murió la religiosa pasionista Madre María Teresa, el 16 de julio de 1900, ella rezó mucho por su alma. Dice en su Diario: “Hoy el ángel de la guarda me ha dicho que Jesús quería que sufriera esta noche unas dos horas... por un alma del purgatorio. Sufrí, de hecho, dos horas como quería Jesús por la Madre María Teresa” (9-8-1900). “El día de la Asunción de María me pareció que me tocaban en la espalda. Me di media vuelta y vi a mi lado una persona vestida de blanco. Esta persona me preguntó: ¿Me conoces? Yo soy la Madre María Teresa. He venido para darte gracias por lo que me has ayudado. Prosigue aún. Unos días más y estaré eternamente feliz... Finalmente, ayer por la mañana, después de la santa comunión, Jesús me dijo que hoy, después de medianoche volaría al cielo... 1’ efectivamente, así fue... Vi llegar a la Virgen acompañada de su ángel de la guarda. Me dijo que su purgatorio había terminado y que se iba al cielo... Estaba muy contenta ¡Si la hubiera visto! Vinieron a buscarla Jesús y su ángel de la guarda. Y Jesús al recibirla le dijo: Ven, oh alma, que me has sido tan querida. Y se la llevó” (Cartas a Mons. Volpi, 10-8-1900). 
Gema rezaba cada día cien “requiem” por las almas del purgatorio. Su ángel la estimulaba en este deseo de liberar a estas almas. Un día le dijo: “Cuánto tiempo hace que no has rogado por las almas del purgatorio? Desde la mañana no había rogado por ellas. Me dijo que le gustaría que, cualquier cosa que sufriera, la ofreciera por las almas del purgatorio. Todo pequeño sufrimiento las alivia, sí, hija, todo sacrificio por pequeño que sea, las alivia” (Diario, 6-8-1900). 

Sor Lucía, en la primera aparición de Fátima del 13-5- 1917, dice en sus “Memorias” que le preguntó a la Virgen: 
- ¿Está María Nieves en el cielo? 
- Sí, está. (Me parece que debía tener unos dieciséis años). 
- Y ¿Amelia? 
- Estará en el purgatorio hasta el fin del mundo (Me parece que debía tener de dieciocho a veinte años). 
¿Qué pecado podría haber cometido para estar en el purgatorio hasta el fin del mundo? ¿El aborto? 
Santa Faustina Kowalska (1905-1938), dice en sus escritos autobiográficos: “Un día vi a mi ángel custodio que me ordenó seguirle. En un momento me encontré en un lugar nebuloso lleno de fuego y en él una multitud de almas sufrientes. Éstas rezan con fervor, pero sin eficacia para ellas mismas. Solamente nosotros podemos ayudarlas. Y les pregunté a aquellas almas cuál era su mayor sufrimiento. Me contestaron unánimemente que su mayor sufrimientos es la añoranza de Dios (el gran deseo de amarle). Oí una voz que me dijo:Mi misericordia no quiere esto, pero lo exige mi justicia” (1,7). “Una noche vino a visitarme una de nuestras hermanas difuntas, que ya había venido alguna vez anteriormente. Cuando la vi la primera vez, estaba en un estado de gran sufrimiento. Después, la he visto en condiciones cada vez de menos sufrimiento. Y en esta oportunidad, la vi resplandeciente de felicidad y me dijo que estaba ya en el paraíso” (Cuaderno II N°57). “Otra noche vino a yerme Sor Dominica y me hizo entender que estaba muerta. Recé mucho por ella. A la mañana siguiente el Señor me hizo entender que todavía sufría en el purgatorio. Recé dos días por ella. Al cuarto día vino a decirme que todavía le Jáltaban algunas oraciones. Y seguí orando hasta su completa liberación” (10-11-1937). 
En la vida de Teresa Neumann (1898-1962), la estigmatizada alemana, se cuenta que, muchas veces, se le aparecían las almas del purgatorio para pedirle ayuda. 

Un día se le apareció el párroco de su infancia, que la había bautizado y dado la primera comunión. El 23 de noviembre de 1928 ayudó a salir al último párroco católico de Arzberg antes de que se introdujera allí el protestantismo. La noche del Corpus Christi de 1931, se le apareció su madrina Forster, muerta recientemente, Teresa rezó por ella y la vio brillante subiendo al cielo. 
Un día de otoño de 1917, el Santo P. Pío (1887-1968), estando solo, rezando el rosario, se adormiló junto al fogón del convento y, al despertar, vio junto a sí a un anciano envuelto en un capote. Al preguntarle qué hacía allí y quién era, le respondió que había muerto quemado en ese convento y quería descontar allí su purgatorio. El P. Pío le prometió rezar por él. Un día le contó este suceso al P. Paolino y éste fue al municipio a ver los registros y encontró que, efectivamente, estaba registrado el nombre de un anciano, que había muerto quemado en aquel convento. El muerto era Mauro Pietro (1831-1908). 
Otro suceso lo refiere el cronista provincial de los Padres capuchinos de la Provincia de Foggia con fecha 29 de febrero de 1937. Dice así: “El día 29 de diciembre de 1936, el P. Jacinto de 5. Elías se acercó a San Giovanni Rotondo para visitar al R Pío y le recomendó que rezara por el P. Giuseppantonio, porque estaba muy grave. El día 30 a las 2 p.m. el P Pío vio en su habitación al P. Giuseppantonio y le dice. ¿Me han dicho que estás gravemente enfermo y estás aquí? Entonces el P. Giuseppantonio, haciendo un gesto le dice: Eh, ahora ya se me han pasado todas mis enfermedades. Y desapareció “. Esto se lo contó el P. Pío al Padre provincial P. Bernardo, quien firma esta crónica junto con el cronista, P. Fernando de San Marcos in Lamis. 

Eduvigis Carboni, la estigmatizada de Cerdeña, muerta en Roma en 1952 con fama de santidad, cuenta en su Diario que un día, mientras rezaba delante de un crucifijo, se le presentó una persona rodeada de llamas de fuego y oyó una voz triste que le decía: “Soy N.N. El Señor me ha permitido venir a ti para que me ayudes y me consueles en las penas que debo padecer en el purgatorio. Ofrece por mí todas tus oraciones durante dos años para salir de aquí y entrar en la gloria “. Otro día, en octubre de 1943, se le presentó un hombre vestido de oficial. Le dijo: “He muerto en la guerra y quisiera que celebren por mí unas misas, y que tú y tu hermana ofrezcan por mí las comuniones”. Después de varios días, se presentó de nuevo resplandeciente, diciéndole: “Soy ruso y me llamo Pablo Vischin. Ahora voy al paraíso y rezaré por vosotras. Gracias “. 

Teresa Musco (1943-1976), la estigmatizada de Caserta (Italia), cuenta que el 2 de noviembre de 1962, no pudiendo ir al cementerio, como hubiera deseado por ser el día de los difuntos, oró desde su casa con todo fervor por las almas del purgatorio. En las primeras horas de la tarde, mientras seguía orando, vio en su habitación muchas personas. Les preguntó: 
“Qué queréis?”. Ellas la saludaron con mucha alegría y le dijeron: “Nos has liberado del purgatorio con tus oraciones y venimos a darte las gracias “. Después, desaparecieron, resplandecientes de alegría y amor. 
Muchos otros santos nos hablan del purgatorio, pero es suficiente con lo expuesto para creer en él. 


“En el cielo no puede entrar nada manchado” (Ap. 21.27)





Capítulo 5: María Simma y las almas del purgatorio

MARÍA SIMMA Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO

María Simma es una mujer extraordinaria, nacida en Sonntag (Vorarlberg), Austria, el 5 de febrero de 1915. Es un alma mística, favorecida de grandes carismas, especialmente el de recibir mensajes de las almas del purgatorio, que se le aparecen y a quienes ha consagrado su vida desde joven. Su obispo está de acuerdo con su apostolado en favor de esta almas y lo mismo lo estaba su director espiritual, el P. Alfonso Matt, quien la dirigió en los primeros años de sus experiencias místicas. En 1968 escribió un libro titulado “Meine Erlebnisse mit Armen Seelen” (Mi relación con las pobres almas) traducido a varias lenguas y que tiene ya más de 20 ediciones. Otros más se han escrito, basados en entrevistas con ella. 

También, de vez en cuando, da conferencias en diferentes lugares de Europa, especialmente de Austria y Alemania, pues sólo habla alemán. 

Todo lo que ella ha sabido por medio de las almas del purgatorio, sobre sus necesidades, ha sido exacto y ha estado siempre conforme con las enseñanzas de la Iglesia. Su director, el P. Alfonso Matt, enviaba los mensajes que ella recibía a los familiares de los difuntos y ellos quedaban asombrados de cosas que nadie podía saber. Por eso, desde el principio, fue apoyada por su párroco. 
Por otra parte, el hecho de que los muertos puedan aparecerse a los vivos no debe parecer imposible, porque el mismo Evangelio nos habla de que el Viernes santo “muchos sepulcros se abrieron y muchos cuerpos de santos que dormían, resucitaron y saliendo de sus sepulcros, después de la resurrección de Él, vinieron a la ciudad y se aparecieron a muchos” (Mt 27,52-53). 

a) Informe del P. Alfonso Matt 
El P. Alfonso Matt, según el vicario general de su diócesis era “un sacerdote íntegro y ejemplar que no tenía nada de exaltado. Era un venerado sacerdote” El día de su entierro (26- 12-1978), su obispo, Bruno Wechner, en presencia de 1.000 fieles y40 sacerdotes dijo: “Lo más hermoso que se puede decir de un sacerdote es que es un sacerdote según el corazón de Dios. Así era el R Alfonso Matt”. Pues bien, él escribió un informe sobre la vida de María Simma. Veamos un resumen de este informe: 

“María Simma nació en Sonntag. Quiso hacerse religiosa, pero las tres veces que lo intentó, tuvo que salir por falta de salud. Su vida espiritual se caracteriza por un gran amor a la Virgen María y un gran deseo de socorrer a las almas del purgatorio, devoción que le inculcó su madre desde niña. Ella ha consagrado su virginidad a la Virgen y ha hecho voto de ánimas, como alma víctima en favor de las almas del purgatorio. En la parroquia se dedica a dar catecismo a los niños y prepararlos para la primera comunión. 

A partir de 1940, se le aparecieron algunas almas para pedirle ayuda. El día de “Todos los santos” de 1953, comenzó también a ofrecer sufrimientos expiatorios por ellas. Tuvo, por ejemplo, que sufrir mucho por un oficial muerto en Kürnten en 1660. Un sacerdote de Colonia, muerto el año 555, le pidió también sufrimientos expiatorios, pues de otro modo, debía sufrir hasta el fin del mundo por sus misas sacrílegas, adulterios, falta de fe y haber participado en martirizar a las compañeras de Santa Úrsula. 

También tuvo que sufrir mucho por las prácticas anticoncepcionistas y la impureza de las almas que se le aparecían. Algunas almas le pedían que libremente aceptara sus sufrimientos para su liberación y purificación. Por ejemplo, una tal Berta, francesa, muerta en 1740 dos señoritas de Innsbruck, muertas en un bombardeo; un sacerdote italiano, etc. María siempre ha aceptado generosamente estos sufrimientos que le pedían y nunca los ha rechazado. 

En 1954 comenzó un modo nuevo de ayudar a las almas. Un cierto Paul Gisinger de Koblach le pidió que les dijera a sus 7 hijos que dieran en su nombre 100 chelines para las misiones e hicieran celebrar dos misas, porque sólo así podía ser liberado. Después siguieron otras demandas análogas en favor de las misiones y de celebrar misas. 
En octubre y noviembre hasta el 8 de diciembre (fiesta de la Inmaculada) de ese año 1954, venían cada noche a pedir oraciones o sufrimientos. Ella, poco a poco, pidió la ayuda de otras personas para poder atender sus peticiones. Cuando se trataba de sacerdotes, las oraciones debían ser hechas por sacerdotes.

Las almas del purgatorio se le aparecen de diversas formas y en diversas maneras. Algunas tocan la puerta, otras aparecen de improviso. Unas se muestran con apariencia humana, como eran cuando vivían su vida mortal, normalmente vestidas como en días de trabajo, no de fiesta. Otras se aparecen bajo formas de animales que dan miedo o en formas difusas. A veces, están envueltas entre llamas, dando un aspecto terrible. Cuanto más purificadas están, más luminosas y afables se presentan. Con frecuencia, cuentan cómo han pecado y cómo se han librado del infierno gracias a la misericordia de Dios. Durante la Cuaresma, se presentan día y noche para pedirle que sufra y ore por ellas. Las que son extranjeras hablan en alemán con acento extranjero. Las almas le dicen que ella es de los nuestros. Cuando ella preguntó qué significaba ser de los “nuestros “, le dijeron que con su voto de ánimas se había entregado a la Madre de la misericordia en favor de ellas. Ella te ha dado a nosotras, le dijeron. 

Las noticias, que las almas le dan sobre sus familiares vivos, son siempre exactas. En la avalancha que, en 1954, sepultó mucha gente aquí cerca, las almas le dijeron que había algunos vivos bajo la nieve. Por eso, intensificaron la búsqueda y pudieron encontrar algunos vivos más. 
El demonio también se le ha presentado en ocasiones, para desanimarla de su misión. Una vez se le presentó como un ángel de luz; otra, como el sacerdote de la parroquia, Algunas personas se han escandalizado, porque pide a algunos de los familiares limosnas para las misiones o que se hagan celebrar misas por las almas. Pero ella nunca ha aceptado dinero, el dinero debe ser entregado directamente en la parroquia o en la curia episcopal. 

Dice que las almas de los católicos sufren más que las de los protestantes, porque tuvieron más gracias, pero la fe católica es la mejor para ganar el cielo. Además, los católicos tienen la posibilidad de recibir más ayuda de otros y ser liberados más rápidamente, ya que los protestantes no creen en el purgatorio y no rezan por sus difuntos. 

A ella se le ha revelado la maravillosa armonía que existe entre el amor y la justicia divina. Cada alma es purificada de acuerdo a la naturaleza de sus culpas. La duración es muy variada. El tiempo medio es de 40 años, pero hay quienes deben sufrir hasta el juicio final. Otros sólo sufren media hora, como si atravesaran el purgatorio en un vuelo. Lo que sí es cierto es que las almas sufren con una paciencia admirable y alaban la misericordia divina y suplican a María, madre de misericordia, agradeciéndole por haberse salvado. 

La Virgen María va al purgatorio, con frecuencia, a consolar a las almas. También va San Miguel arcángel. Y allí están también los ángeles custodios de las almas, acompañándolas hasta su liberación final. La ayuda que necesitan es, sobre todo, misas, rosarios y sufrimientos por ellas. También es bueno el víacrucis y dar limosnas para las misiones. Las indulgencias tienen un valor inmenso. Es una crueldad no aprovechar este tesoro, que la Iglesia nos propone para las almas. Supongamos que estuviésemos delante de una montaña llena de monedas de oro y tuviésemos la posibilidad de cogerlas ¿no sería cruel rechazarlas y no poder ayudar a tantos necesitados?. 

En resumen, María Simma tiene una vocación especial. Se trata de un apostolado y de una ayuda en favor de las almas del purgatorio”. Firmado P. Alfonso Matt, parroquia de Sonntag, 20 de febrero de 1955. 

b) Mi relación con las almas del purgatorio 
En este escrito personal, María Simma, entre otras cosas, dice: “Desde mi infancia tuve gran amor por las almas del purgatorio. Mi madre me lo enseñó y me repetía muchas veces: Cuando tengas alguna cosa importante que hacer, dirígete a las almas del purgatorio, porque son de gran ayuda. 

En 1940 se me presentó, por primera vez, una alma del purgatorio. Sintiendo que alguien estaba en habitación me desperté y vi un extranjero que iba y venía por mi habitación. Le dije: ¿Cómo has entrado? ¿Qué has perdido? Él continuaba, yendo y viniendo, como si no me oyera. Entonces, salté de la cama para agarrarlo, pero no agarraba nada. No había nada. Lo intenté de nuevo y ocurrió lo mismo. Podía verlo y no podía tocarlo. Al poco tiempo, desapareció. Al día siguiente, después de la misa, fui a mi director espiritual y le conté lo ocurrido. Él me dijo: Si sucede otra vez, no le preguntes ¿quién eres? Dile. ¿Qué quieres de mí? A la noche siguiente, retornó la misma persona. Le dije: ¿Qué quieres de mí? Él respondió: Haz celebrar tres misas por mí y seré liberado. Entonces, pensé que debía ser un alma del purgatorio. Mi confesor me lo confirmó. Desde 1940 hasta 1953, cada año vinieron sólo dos o tres almas, normalmente en noviembre (mes de los difuntos). Mi director el P Alfonso Matt, me aconsejó que nunca rechazara ninguna petición de ayuda de esas almas. 

Cuando un alma viene, me despierta tocando la puerta o llamándome o sacudiéndome o de otras maneras. Le digo de inmediato: ¿Qué quieres? ¿qué debo hacer por ti? Y normalmente me lo dicen. Un alma me dijo un día: Una de las cosas que más eficacia tiene para nosotras es el sufrimiento soportado con paciencia, sobre todo, cuando se ofrece por manos de la Madre de Dios, para que ella lo utilice para quien quiera. Y me pidió que sufriera por ella. Me pareció bastante extraño, porque hasta ese día ninguna me había pedido sufrir por ella. Le dije. ¿Qué debo hacer? Me respondió: Durante tres horas tendrás grandes dolores en todo el cuerpo. Después de las tres horas, podrás levantarte y continuar tus trabajos, como si no hubiera sucedido nada. Así me quitarás veinte años de purgatorio. Acepté y me vinieron tales dolores, que apenas me daba cuenta de dónde estaba, y parecía que pasaban días y semanas. Cuando todo terminó, me di cuenta de que habían pasado exactamente tres horas. A veces, me pedían sufrir sólo cinco minutos, pero ¡qué largos me parecen esos minutos! .

En 1954 (año mariano) cada noche empezaron a venir En ocasiones me decían quiénes eran y me encargaban algunas misiones para sus parientes. De esta manera, mi caso fue conocido públicamente. Esto era para mí muy desagradable; porque, por mi cuenta, sólo le habría hablado a mi padre espiritual. Algunas veces, se trataba de que devolvieran bienes mal adquiridos; en algunos casos, ni siquiera los parientes conocían ciertos detalles que yo les daba, por medio de mi párroco y director espiritual, que era quien transmitía los mensajes a gente de otros pueblos, cercanos o lejanos. También en ese año 1954 venían a visitarme las almas durante el día. Al terminar este año mariano, venían dos o tres veces por semana. Normalmente, aparecen el primer viernes de mes o en un día de fiesta de la Virgen o durante la Cuaresma. Durante Semana Santa vienen muchas y también en Adviento y en el mes de noviembre. 

Aquellas almas, que yo he conocido bien en vida, las reconozco de inmediato. Otras son desconocidas, a no ser que me digan quiénes son. Normalmente se presentan en vestido de trabajo. Si eran personas inválidas o con graves deficiencias físicas o mentales, aparecen sanos. Los que estaban en silla de ruedas, caminan perfectamente, los mudos hablan, los sordos oyen, los ciegos ven. En el más allá quedan atrás todas las deficiencias humanas. Ellas saben de nosotros más de lo que suponemos. Ellas saben, por ejemplo, quiénes han asistido a su velorio y sepultura, quiénes han ido solamente por hacer acto de presencia y quiénes han ido a rezar por amor Ellas saben también lo que se dice sobre ellas en el velorio, porque están mucho más vecinas a nosotros de lo que suponemos y se dan cuenta de quiénes asisten a las misas ofrecidas por ellas. Ellas están presentes a sus funerales y a las misas ofrecidas por ellas. No les gustan los pomposos funerales, prefieren que sean sencillos, pero fervorosos. No quieren que su cuerpo sea cremado; porque, al no tener lugar de referencia, se pueden olvidar más fácilmente de ellas. La cremación está permitida por la Iglesia, con tal que no se niegue la resurrección, pero ellas quieren todo lo que lleve a su familia a rezar y, el no tener una tumba que visitar, les hace olvidarse de ellas.

También quieren que se respete su cuerpo y que se evite cualquier profanación. Les gusta que en la tumba echen agua bendita y tengan un cirio bendito. Las visitas de amor al cementerio les agradan y ayudan más de lo que imaginamos. Incluso, les ayuda el simple hecho de limpiar su tumba, por el amor que ponemos en ello. 

Personalmente, cuando voy al cementerio, que está junto a mi casa, enciendo una vela por las almas y les echo agua bendita, y ellas me lo agradecen. Un día vino a yerme una niña de unos seis años y me dijo que había apagado una vela en el cementerio para coger la cera y jugar Por eso, se encontraba en el purgatorio, aunque por poco tiempo. Me pidió que encendiera por ella dos velas benditas. 
Otro día vino un niño de 11 años, de Kaiser para pedirme que rezara por él. Me dijo que estaba en el purgatorio, porque el día de los difuntos había apagado, por divertirse, varias velas, que estaban encendidas en el cementerio en favor de los difuntos. 

Como vemos, también hay niños en el purgatorio; porque, antes de lo que pensamos, se dan cuenta del bien y del mal. Un día vino una niña de unos cuatro o cinco años y me dijo que estaba en el purgatorio, porque había recibido de su madre, junto con su hermana gemela, una muñeca. Ella lo había roto y, teniendo ser descubierta, la cambió por la de su hermana, sabiendo que esta haciendo algo malo y que iba a hacer sufrir a su hermana. 
También hay sacerdotes. En una oportunidad, se me presentó un sacerdote para pedirme ayuda y vi que su mano derecha estaba negra y sucia. Me dijo: “Dijes a todos los sacerdotes que bendigan sin cesar a las personas, casas y objetos sagrados. Yo me descuidé de hacerlo, porque no le daba importancia y, por eso, sufro en esta mano”. Los sacerdotes pueden dar numerosas bendiciones y conjurar las fuerzas del mal. Sobretodo, los sacerdotes pueden celebrar misas por las almas, que es lo que más les ayuda. ¡Si se supiese cuál es el precio de una sola misa para la eternidad, las iglesias estarían llenas, incluso entre semana! En la hora de la muerte, las misas a las que hemos asistido con devoción serán nuestro mayor tesoro. Tienen más valor que las misas encargadas para nosotros después de muertos. También son importantes las indulgencias. Un alma me habló de su importancia y que para ganar una indulgencia plenaria era necesario una limpieza total del alma, despegada de todo lo terreno. 

Cuando un alma se me aparece y, después de haber hecho sus peticiones, permanece más tiempo, sé que puedo hablar con ella y hacerle preguntas. Normalmente es otra alma la que viene, después de un tiempo, a darme la respuesta con el permiso de Dios. En mi cuaderno tengo anotadas las respuestas sobre si otras almas se han salvado o están todavía en el purgatorio. Puede suceder que pasen dos o tres semanas o años antes de recibir la respuesta. Nunca me han hablado de alguien que esté en el infierno, 

Uno de los pecados más severamente castigados es el pecado contra la caridad: maledicencia, calumnia, rencor peleas por envidia, codicia... ¡ Cuántas veces se peca contra la caridad, diciendo palabras o haciendo juicios desprovistos de caridad! Y una palabra puede “matar” un alma o sanarla. Por eso, es muy importante perdonar y no guardar rencor, ni siquiera a los difuntos. Recuerdo el caso ocurrido en Innsbruck. Una mujer no podía perdonar a su padre. Cuando estaba vivo, no le había dado cariño de padre y ni siquiera le dio la oportunidad de estudiar para ser profesional. Por eso, no podía perdonarlo. 

Después de muerto, el padre se apareció a su hija; no una, sino tres veces, suplicándole que lo perdonara, pero ella no quería. Después de un tiempo, esta mujer se enfermó y, entonces, entendió que debía perdonarlo, porque no podría vivir en paz. Tomada esta resolución, lo perdonó de todo corazón y la enfermedad comenzó a desaparecer. El odio envenena el alma y hasta produce enfermedades físicas y mentales. En cambio, el amor siempre da salud, paz y alegría. 

Un campesino vino a visitarme y me dijo: 

- Estoy construyendo un establo y, cada vez que el muro llega a cierta altura, se cae. Hay algo de extraño y sobrenatural en esto. ¿Qué puedo hacer? 
- ¿Hay algún difunto que tiene algo contra ti, a quien guardas rencor? 
- Oh sí, pensaba que no podía ser sino él. Me hizo mucho daño y no lo puedo perdonar. 
- Él quiere que lo perdones, nada más. 
- ¿Perdonarle yo? ¿A él que tanto daño me ha hecho de vivo? ¿Para que vaya al cielo? NO, NO. 
- Pues no te dará reposo hasta que no lo hayas perdonado de corazón. ¿Cómo puedes decir en el Padrenuestro: 
Perdónanos como nosotros perdonamos a los que nos ofenden? Es como si dijeras a Dios: No me perdones, como yo tampoco perdono. 

El hombre se quedó pensativo y dijo: Tienes razón. En nombre de Dios lo perdono para que Dios me perdone también a mí. Desde ese día, no tuvo más problemas con el establo y pudo tener paz y amor en su corazón. 
Un día vino a visitarme un hombre, cuya mujer Izabía muerto hacía un año y, desde entonces, todas las noches sentía tocar a la puerta de su dormitorio. Fui a su casa y, por la noche se me apareció un animal grande que parecía un hipopótamo. Después vino el demonio bajo la forma de una serpiente gigantesca que quería estrangular al hipopótamo... Y desaparecieron. Al poco tiempo, vino un alma con apariencia humana y me dijo: No ternas, ella izo está condenada, pero está en el purgatorio más terrible que exista. Me dijo que había vivido diez años en enemistad con otra mujer y ella era la causa de todo. La otra mujer había querido reconciliarse, pero ella siempre se había negado. Incluso, durante su última enfermedad, se había negado a hacer las 
Un día vino a visitar un hombre que quería informarse sobre la suerte eterna de dos difuntos del mismo pueblo. Era el año mariano de 1954 y la respuesta llegó pronto. Un mes más tarde yo le comuniqué: La Sra. X está en el cielo y el Sr. X está en lo más profundo del purgatorio. Él me dijo: Es imposible. La Sra. X murió en el hospital por una práctica abortiva, mientras que el Sr. X estaba siempre el primero en la Iglesia y era el último en salir.
Pero, pocos días después, vino a yerme una señora que los conocía bien a los dos y me dijo: La Sra. X era como mi hermana. Ella era débil desde el punto de vista moral, pero ha sufrido mucho, porque este defecto era debido en gran parte a taras hereditarias. Murió como consecuencia de una práctica abortiva, pero murió con sentimientos de arrepentimiento hasta el punto que el sacerdote que la asistió en los últimos momentos pudo decir: Quisiera que todos murieran con los sentimientos de arrepentimiento de esta mujer. Ella murió con los últimos sacramentos y firme enterrada religiosamente. 

El Sr X era el primero y el último en salir de la Iglesia, pero siempre estaba criticando a todo el mundo. Lo que más me indignó fue que, durante el sepelio de la Sra. X, él la estaba criticando y diciendo a algunas personas que la Sra. Xno debía ser enterrada en un cementerio católico. Entonces, le dije: Ahora está claro para mí que el Señor no quiere que Juzguemos a los demás. El Sr X criticaba a la Sra. X, aún en el cementerio, pero el Señor tuvo compasión de ella. No podemos juzgar a los demás, dejemos el juicio a Dios. Ahora el Sr. X está en lo profundo del purgatorio. 

En una ocasión, vino un alma y me dijo: Cometí un crimen contra Dios. Un día, por soberbia, tomé una cruz y la destrocé, pensando que, si Dios existía no me lo permitiría hacer. Casi al instante, me vino una parálisis que fue mi salvación. Después me pidió decirle a su mujer que hiciera algunas cosas para ayudarlo y liberarlo del purgatorio. Ella se había salido de la Iglesia católica y se había hecho protestante. Cuando le conté el mensaje de su esposo, me dijo: 
Creo en lo que me dice, porque el hecho de que destrozó la cruz, solamente lo sabíamos él y yo. Y entró de nuevo en la Iglesia católica. 

Un médico vino un día, lamentándose de que debía sufrir mucho por haber acortado la vida de sus pacientes con inyecciones, para que no sufrieran más (eutanasia). Y nadie tiene derecho a quitar la vida, porque mientras están vivos, aunque estén en coma, pueden recibir las bendiciones de Dios a través de nuestras oraciones y buenas obras. 

Una mujer me dijo: He debido estar 30 años de purgatorio por no haber dejado ir al convento a mi hija. Por eso, debemos pensar en la grave responsabilidad de los padres que no consienten la vocación sacerdotal o religiosa de sus hijos. Nadie tiene derecho a rectificar los planes que Dios ha trazado para cada uno desde toda la eternidad. 
Otro día se me presentó un alma y me dijo: ¿Me conoces?. Yo le dije que no. Él respondió: Pero tú me has visto. En 1932 hiciste un viaje en tren y yo era tu compañero de viaje. 

Entonces, me acordé muy bien de ese hombre, orgulloso, que había criticado en voz alta a la Iglesia y a la religión. Yo tenía 17 años y le respondí como pude. Él me dijo: Tú eres demasiado joven para darme lecciones. Cuando bajé del tren, le dije al Señor: Señor, no permitas que este hombre se pierda. Y esta oración lo había salvado. ¡Cuánto puede hacer la oración, aunque sea pequeña, pero hecha con fe! ¡Cuánto valen las obras de caridad para los demás! 

Un día, un alma se me apareció con un balde vacío. Le pregunté por qué lo llevaba y me dijo. Es mi llave del paraíso. No he rezado mucho durante la vida, iba raramente a la Iglesia, pero una vez por Navidad limpié gratuitamente la casa de una pobre anciana y eso fue mi salvación. 

El año 1954 ocurrió una avalancha, que sepultó varias personas en un pequeño pueblo de la montaña. Un joven de 20 años oyó que pedían auxilio y salió en su ayuda, pero su madre se lo quiso impedí, porque había mucho peligro para él. El joven, sin embargo, salió a rescatar a los que pedían auxilio, pero una avalancha lo sepultó también a él. La segunda noche después de su muerte, vino a pedirme que hiciera celebrar tres misas por él. Sus familiares se maravillaron de que tan pronto pudiera ser liberado, cuando no había sido muy fervoroso, sino todo lo contrario. Pero el joven me confió que Dios había sido muy misericordioso con él por haber querido ayudar a su prójimo y hacer una acción tan bella. Si hubiera vivido más tiempo, no habría podido conseguir una muerte tan bella a los ojos de Dios. ¡Una muerte en acto de caridad con el prójimo! 

Ese mismo año, 1954, en otro pueblo hubo otra avalancha, que ocasionó muchos destrozos. Se contaba que hacía 100 años otra avalancha había destruido el pueblo y ésta había sido mucho peor pero sin mayores consecuencias. ¿Por qué? Las almas me dijeron que una mujer de nombre Stark, había ofrecido sus oraciones y sufrimientos por su pueblo. De otro modo, medio pueblo habría sido destruido. ¡Cuánto valen los sufrimientos soportados con paciencia! ¡Salvan más almas que la oración! Por eso, no hay que ver el sufrimiento como un castigo, pues puede ser un tesoro, silo ofrecemos con amor por la salvación de los demás. Solamente en el cielo, podremos saber todo lo que hemos obtenido con nuestros sufrimientos, soportados con paciencia en unión con los sufrimientos de Cristo. El sufrimiento es un gran don que nos acerca a Dios y a los demás. 

Un día de 1954, hacia las 2,30 de la tarde, paseando por el bosque, me encontré con una mujer muy anciana que parecía centenaria. Yo la saludé amablemente y ella me dijo: ¿Por qué me saludas? Nadie me saluda. Nadie me da de comer y debo dormir por la calle. Yo la invité a comer y a dormir en mi casa. Ella me dijo: Pero yo no puedo pagar. No importa, le insistí. No tengo una bella casa, pero será mejor que dormir en la calle. Ella entonces me lo agradeció y me dijo: Dios te lo pague. Ahora soy liberada. Y desapareció. Hasta aquel momento no había entendido que se trataba de un alma del purgatorio. Seguramente, durante su vida, no quiso ayudar a alguien que tenía necesidad de comida y alojamiento, y debía esperar que alguien le ofreciese lo que ella había rechazado a otros. 
Otro día se me apareció el alma de un joven y me dijo: 
Por no haber observado las leyes de tráfico, tuve un accidente de motocicleta y morí en Viena. Yo le pregunté: ¿Estabas listo para entrar en la eternidad? No estaba listo, respondió, pero Dios da dos o tres minutos para poder arrepentirse y sólo el que lo rechaza se condena. Cuando uno muere en un accidente, las personas dicen que era su hora. Eso es cierto, cuando uno no tiene la culpa. Pero yo tuve la culpa; porque, según los designios de Dios, yo debería haber vivido todavía treinta años. Por eso, el hombre no tiene derecho a exponer su vida a un peligro de muerte sin necesidad. 

También es muy importante, a la hora de la muerte, abandonarse y aceptar la voluntad de Dios. Una madre de cuatro hijos iba a morir y le dijo a Dios: Señor, si es tu voluntad, acepto mi muerte, pero te confió a mi esposo y a mis cuatro hijos. Por este acto de confianza y abandono total, fue directamente al cielo. Vale la pena abandonarse sin condiciones en las manos de nuestro Padre Dios y confiar en Él hasta el fin. 

c) Hacednos salir de aquí 
Éste es el título del libro escrito por Nicky Eltz de sus entrevistas con María Simma. Veamos un resumen de lo que dice María Simma: 

“Hay mucha diferencia entre evocar a los muertos, como hacen los espiritistas, e invocar a los muertos para pedirles ayuda y orar por ellos. El espiritismo es pecado y en él es Satanás quien contesta a las preguntas. Nosotros pedimos ayuda a los difuntos y oramos por ellos. En mi caso, yo nunca los llamo para que vengan. Ellos vienen, porque Dios se lo permite. 

El purgatorio es un tiempo de espera en que las almas tienen el gran sufrimiento de la nostalgia de Dios y el enorme deseo de amarlo con todo su corazón. En el purgatorio existen muchos niveles, que son tan diferentes como las enfermedades de la tierra. Cada alma es “castigada” o sufre en aquello o por aquello que la ha hecho pecar o alejarse de Dios. Sucede esto también, en cierta medida, en la tierra. Si uno come en exceso, sufre las consecuencias de mal de estómago. Si uno fuera demasiado, se intoxica y tiene problemas en los pulmones, etc. Podemos decir que hay tantos niveles cuantas almas distintas, porque no existen dos personas ni dos almas iguales. Cada alma lleva el purgatorio consigo. Cuando un alma viene a visitarme, no viene “fuera” del purgatorio, sino “con” el purgatorio. Las almas que vienen a visitarme son las que están más cerca de ser liberadas. En los niveles más bajos, Satanás puede hacer sufrir a las almas, pero no puede vencerlas. Estas almas de los niveles más bajos, a veces, se presentan bajo la forma de animales horribles. Pero el alma puede pasar del nivel más bajo e ir directamente al cielo sin pasar por niveles intermedios, si le ayudan con una indulgencia plenaria o con muchos sufrimientos, misas y oraciones. Lo que sí es cierto es que ninguna de ellas quiere volver a las tinieblas de la tierra, ahora que han conocido el amor de Dios. 

Debemos tener bien claro que no es Dios quien las coloca en tal o cual nivel, son ellas mismas, pues quieren purificarse totalmente antes de presentarse ante Dios. Ellas quieren purificarse como el oro en el crisol. ¿Imaginamos una chica que quiere ir a su primer baile en público toda sucia y despeinada? Pues bien, las almas tienen una idea de Dios tan grande, son tan conscientes de su pureza maravillosa y resplandeciente que ni todas las fuerzas del universo serían suficientes para hacerles presentarse delante de Él, mientras subsistan esas manchas que afean su alma. Sólo un alma pura y luminosa puede atreverse a acercarse a la belleza y santidad divina para poder contemplar a Dios sin temor y amarlo en plenitud por toda la eternidad.

El purgatorio es un estado de cada alma; pero, en cierto sentido, también es un lugar ya que algunas almas se reúnen para estar juntas en determinado lugar por ejemplo, junto a los altares de las iglesias o en el lugar donde han muerto. Pero no es un solo lugar sino muchos lugares diferentes y muchas condiciones diferentes de cada alma. El fuego sólo existe propiamente en los niveles más bajos, aunque sólo afecte al alma, pues no es un fuego físico como el que nosotros conocemos. Por eso, algunas almas vienen rodeadas de fuego. 

Yo nunca las he visto reír tienen más bien un aspecto sufrido y paciente. Normalmente, se me aparece una alma sola; pero, en algunas ocasiones, se me han aparecido varias, porque tenían necesidad de la misma cosa para ser liberadas. He sido visitada por almas de todos los continentes, que me hablaban en un alemán con acento extranjero. 

En algunas oportunidades he sido visitada por suicidas, que no necesariamente se condenan. La mayor parte de ellos son llevados al suicidio por circunstancias que limitan mucho su libertad o por enfermedades síquicas. Pero todos lamentan mucho el haber acortado su vida y todo lo que pudieron haber hecho y no hicieron. Todos ven que no fue una solución y que cometieron un gravísimo error .

Por supuesto, me han visitado personas de todas las religiones, pues también ellas van al cielo, aunque la fe católica sea la mejor para ganar el cielo. También , me han visitado homosexuales. No necesariamente están condenados, pero tiene que sufrir mucho para ser purificados; porque, aunque la inclinación homosexual no es pecado, toda actividad homosexual sí es pecado, como dice la Iglesia. Ellos deben orar mucho y pedir fortaleza para vivir su castidad y rezar a San Miguel arcángel, que es un gran defensor contra el maligno.

Algo muy importante es aceptar antes de morir todos los sufrimientos que Dios nos envíe. Conocí a una mujer y a un sacerdote, que estaban en el mismo hospital con tuberculosis. La mujer le dijo al sacerdote: Yo le he pedido al Señor que me dé la oportunidad de pasar aquí mi purgatorio. El sacerdote le dijo: Yo no me atrevo a tanto. Una religiosa escuchó esta conversación. Cuando murieron los dos, el sacerdote se le apareció a la religiosa y le dijo que la mujer había ido directamente al cielo y él debía pasar todavía mucho tiempo en el purgatorio por no haber aceptado sus sufrimientos. De ahí lo importante que son nuestros sufrimientos, ofrecidos con amor Los sufrimientos de la tierra valen muchísimo más como reparación de nuestros pecados que los del purgatorio. Por eso, una larga enfermedad, antes de morir puede ser una gran bendición y gracia de Dios“. 


“El sufrimiento con amor es la perla más preciosa. 
que puedes ofrecer a Dios”.



Capítulo 6: Reflexiones. Voto de ánimas. Olvido e Indiferencia

REFLEXIONES

Después de todo lo que hemos anotado sobre el purgatorio, podemos decir que el purgatorio no es una cárcel terrible en la cual el alma es prisionera de la venganza divina. NO. El purgatorio es una penosa purificación para hacer capaz al alma de gozar plenamente de la felicidad del paraíso ¿Quién podría decir que es cruel quitarle la pelusa del ojo a alguien para que pueda disfrutar de la belleza del paisaje? ¿Quién consideraría una crueldad el hacer tomar al enfermo de estómago una amarga medicina para que pueda disfrutar del banquete al que está invitado? El alma, en el purgatorio, es una alma enferma que necesita las medicinas de los sufragios, oraciones y misas para sanarse y ser feliz. En el purgatorio, debemos pagar hasta el más mínimo pecado y lavar la más mínima mancha. Por eso, no debemos dejar pasar fácilmente los pecados veniales, como si no tuvieran importancia. Todo pecado, hasta el más pequeño, es una imperfección y una falta de amor a Dios. Aquellos que dicen: “Con un rinconcito en el cielo me conformo”, no saben lo que dicen. Tendrán grandes padecimientos con vivísimos deseos de hacer las buenas obras que no hicieron y verán a muchas almas a quienes han privado de sus buenas acciones. Toda pereza y todo desinterés por mejorar se convertirá en el más allá en gran tormento del alma. 

Santa Faustina Kowalska dice en su Diario: “Hoy he conocido interiormente en lo profundo de mi alma lo horrible y espantoso que es el pecado, aun el más pequeño. Preferiría padecer mil infiernos antes que cometer aún el más pequeño pecado venial” (15-3-1937). Veamos lo que le sucedió al Padre Stanislao Choscoa, dominico. Está documentado en la Historia de Polonia de Brovius, del año 1590. 

Un día, mientras este santo religioso oraba por los difuntos, se le apareció un alma rodeada de fuego. Él le preguntó, si aquel fuego era más fuerte que el de la tierra. Y le respondió: 
- Todo el fuego de la tierra comparado con el del purgatorio es como un aire fresco. 
- ¿Podrías darme una prueba?
- Ningún mortal podría soportar la mínima parte de este fuego sin morir al instante. Si quieres hacer una prueba, extiende tu mano. 

El religioso puso su mano y le cayó una gota del sudor o del líquido que parecía tal de aquella alma. Fue tan grande su dolor que dio un grito y cayó al suelo desmayado. Vinieron sus hermanos y trataron de asistirlo. Y él les contó lo que le había pasado, exhortando a sus hermanos a huir hasta del más pequeño pecado para no sufrir aquellas horribles penas. 

Hay en Roma un museo célebre sobre las almas del purgatorio, que fue fundado en 1900 por el P. Victor Jouet, sacerdote del Sagrado Corazón, que también fundó la revista “El purgatorio”. En este museo se ofrece a los visitantes una serie de documentos auténticos con pruebas de la visita de estas almas a los vivos. En varios objetos, se puede ver las huellas del fuego sobre libros litúrgicos, sobre misales, tejidos y sobre objetos de piedad como crucifijos, etc. Lo cual nos confirma una vez más que en el purgatorio, al menos en ciertos niveles, hay fuego que puede quemar también las cosas de la tierra. ¿Cómo es este fuego, que quema el alma? Sólo Dios lo sabe, pero estas pruebas son suficientes para comprender lo grave que es “quemarse” eternamente en el infierno o los graves sufrimientos que deben pasar las almas, que padecen el “fuego” del purgatorio.

Oremos por las almas del purgatorio. Es una de las mejores obras de caridad que podemos hacer. Personalmente, cuando paso delante de un cementerio, siempre me acuerdo de orar por las almas benditas de ese lugar; y todos los días, en la misa, las encomiendo con especial interés. Lamentablemente, hoy día se está extendiendo la costumbre de la cremación de los cadáveres. Por supuesto que la Iglesia “permite la incineración, cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo” (Cat 2301). Sin embargo, creemos que sería mejor enterrar el cuerpo para tener un lugar de referencia y poder visitarlo y rezar más por él. 

Algunas familias acostumbran a guardar en sus casas las cenizas por tiempo indefinido, pero algunos obispos ya han aconsejado repetidas veces que las echen al mar o al río, o mejor las entierren para evitar problemas sicológicos en algunas personas débiles. Y también para evitar que con el tiempo las casas se conviertan en cementerios o museos de las cenizas de toda la familia. 
En cuanto a los funerales y pompas fúnebres, está bien que se hagan, pero con la debida moderación, sin gastar mucho dinero en flores y en cosas externas, cuando lo que más necesitan es misas y oraciones. Respecto a los velorios hay que tener respeto al difunto y a los familiares, creando un ambiente de recogimiento y oración. Es lamentable que, en algunos lugares, aprovechan esos momentos para contar chistes, conversar de cosas mundanas y, a veces, para comer y beber en exceso, como si estuvieran en una fiesta. Algo parecido podemos decir del día de los difuntos, cuando mucha gente acostumbra visitar los cementerios. 

Algo especialmente grave es no cumplir las obligaciones contraídas con los difuntos para celebrar misas por su alma y guardarse el dinero destinado para ello, al igual que sería muy grave guardarse el dinero destinado a medicinas para curar a un enfermo. Otro dato importante es que el dinero robado o mal empleado debe ser cancelado hasta en el purgatorio. Por eso, los hijos deberían pagar las deudas de sus padres o dar dinero para las misiones o para obras de candad, para cancelar así los pecados de sus padres en este sentido. 
Veamos un caso ocurrido en Montefalco, Italia, del 2 de setiembre de 1918 al 9 de noviembre de 1919. Estas manifestaciones de un alma del purgatorio están confirmadas por algunas religiosas del convento y fueron confirmadas por Mons. Pietro Pacifici, obispo de Spoleto, en 1921. Las 28 manifestaciones tuvieron lugar en el convento de las Hnas. Clarisas del convento de San Leonardo de Montefalco. En ningún momento pudieron ver al alma purgante, pero se hacía presente al tomo para hablar brevemente y dejar una limosna, casi siempre de diez liras. Tocaba la campanita de la entrada para que bajara la abadesa, incluso cuando estaban cerradas todas las puertas de entrada al convento y a la Iglesia. 

Solía decir: “Dejo aquí diez liras para oraciones”. Cuando le decían de parte de quién, respondía: “No me es permitido decirlo” El 3 de octubre de 1919 dijo claramente a la superiora: “Soy un alma purgante. Son cuarenta años que me encuentro en el purgatorio por haber disipado bienes eclesiásticos”. En otra oportunidad, dijo que era sacerdote. 

En total, dejó 300 liras y le fueron celebradas 38 misas. El 9 de noviembre, al bajar la abadesa al sonido de la campana, le dijo: “Alabado sea Jesús y María. Le agradezco a Ud. y a la Comunidad, lo que han orado por m4 ya estoy libre de toda pena”. Y, a petición de la abadesa, le dio la bendición sacerdotal en latín. 
El lugar, donde sucedieron estas manifestaciones, ha sido transformado en capilla, dedicada a orar por las almas del purgatorio y, especialmente, por los sacerdotes difuntos. Fue bendecida el 26 de febrero de 1924 y allí se ha erigido una confraternidad a favor de las almas del purgatorio. 

En vista de todo esto, sería bueno pedir todos los días a nuestro Padre Dios la gracia de ir directamente al cielo y pedirle también paciencia y resignación para aceptar todos los sufrimientos que quiera enviarnos antes de morir, para pasar nuestro purgatorio aquí en vez de allá. Aprovechemos el tiempo para crecer en el amor. 

Recordemos que nuestro cielo será tan grande como la medida de nuestro amor. Y la medida del amor debe ser el amor sin medida. No pongamos límites a nuestro amor a Dios y al prójimo. No nos cansemos de amar a Dios y a los demás. No nos cansemos de mirar a Jesús Eucaristía, pidiéndole que llene nuestro corazón de su amor. Pidamos a la “Madre del Amor Hermoso” (Edo 24,18), a María, que nos enseñe a amar. 

De esta manera, en la medida en que amemos con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todo nuestro ser, nos sentiremos realizados como seres humanos, que cumplen fielmente su misión en este mundo. Hemos sido creados por amor y para amar. Sólo en el amor sincero y generoso encontraremos nuestra propia realización personal, el sentido de nuestra vida y el cumplimiento de todas nuestras esperanzas. 

Ahora bien, no olvidemos que el tiempo de amar se agota día a día. Que el tiempo de vida es limitado, que no podemos perder el tiempo. El tiempo se va acabando y hay que aprovecharlo bien. Todavía estamos a tiempo para rectificar errores, todavía hay tiempo para amar, después podría ser demasiado tarde. Hagamos de nuestra vida un camino de amor, acumulando un tesoro que nos sirva para la vida eterna. Y recordemos siempre lo que decía la beata Isabel de la S. Trinidad: “En la tarde de la vida sólo queda el amor”. 

VOTO DE ÁNIMAS

Puedes hacer, si lo deseas, el voto de ánimas en favor de las ánimas del purgatorio. El P. Dolindo Ruotolo, en su libro “Chi morr, vedr”, narra un hecho que le sucedió a él mismo para indicar la importancia de este voto. Dice así: “El año 1890 vino a mi casa el P. Salvatore De Filippis. Un sacerdote jesuíta que había sido maestro de matemáticas de mi padre, y nos habló del voto heróico o voto de ánimas por las almas del purgatorio, exhortándonos a hacerlo. Yo tenía ocho años, me emocioné y quise hacerlo, Pero,< ¿cómo hacerlo? Entonces, un día pedí a Jesús: “Deseo un libro que me explique como hacerlo yo y mi hermano “. Me dormí con esta petición. A la mañana siguiente, acompañé a mi madre a la misa y comunión como lo hacía ella todos los días. Yo todavía no había hecho la primera comunión. Era muy temprano en la mañana y llovía muy fuerte. Íbamos pegados a las paredes de las casas, cuando a la mitad del recorrido, veo una cosa blanca en el agua y la cojo para ver qué era. Eran dos libritos con el título.’ “Explicación del voto heroico por las almas del purgatorio “. Uno para mí y otro para mi hermano. Era algo extraordinario, una respuesta a mi oración. Aquel mismo día hice el voto por las almas benditas. 

Tú puedes hacerlo con éstas o parecidas palabras: “Oh Padre celestial, en unión con los méritos de Jesús y de María, os ofrezco por las almas del purgatorio todas las obras satisfactorias de mi vida entera y todas las que por mí se ofrezcan después de mi muerte, y estas obras las deposito en las purísimas manos de María Inmaculada para que ella las aplique a las almas que, en su sabiduría y bondad maternal, quiera sacar del purgatorio. Dignaos, Dios mío, recibir y aceptar este ofrecimiento que hago por medio de María y dadme la gracia de morir en tu amor. Amén” 


“El amor hace perfectas todas las cosas” (J. Agustin)


OLVIDO E INDIFERENCIA

Es muy triste para las almas del purgatorio que muchos de sus familiares a quienes tanto han querido y por quienes tanto se han sacrificado, no las recuerden con más frecuencia Y no las ayuden con más generosidad. En algunos lugares, tienen la costumbre de mandar celebrar una misa a los ocho días del fallecimiento, al mes y al año. Algunos quizás van también a ponerles unas flores el día de los difuntos y casi nada más. ¿Pero qué es esto para todo lo que necesitan? ¿No se dan cuenta las familias que tienen una obligación de justicia con sus seres queridos? ¿No saben que en el purgatorio se sufre mucho más de lo que se puede sufrir en esta vida? Quizás, cuando estaban enfermos, antes de morir, se desvivieron por atenderles y ahora ¿con cuatro misas se quedan satisfechos? Recordemos que la mayoría de las almas pueden estar en el purgatorio un promedio de cuarenta años. Por eso, debemos ser más cuidadosos y diligentes en ayudarlos. 

No seamos mezquinos en mandar celebrar misas por ellos. Es preferible en esto “pecar” por exceso que por defecto. Hay que ser generosos. 

Personalmente, considero que estaría bien una misa mensual (particular) durante los cinco primeros años. Y otras muchas comunitarias. También es importante acordamos de nuestros antepasados difuntos. 

Normalmente, sólo nos acordamos de los padres o abuelos, pero ¿cuántos antepasados nuestros estarán todavía en el purgatorio? Algunos están en el purgatorio durante cientos de años, sobre todo, los que han estado metidos en ocultismo y brujerías. Ahora bien, pensemos en nuestros antepasados no cristianos de hace miles de años... ¿No merecen también una ayuda de nuestra parte, cuando Dios ha querido damos la vida a través de ellos? Por eso, podemos encargar algunas misas sencillamente por “los difuntos de la familia N.N.” sin especificar más. Vale la pena hacer algún sacrificio y dejar algunas cosas inútiles o supérfluas para tener lo suficiente para estas misas por nuestros familiares, que nos lo agradecerán eternamente. Cuanto antes lleguen al cielo, antes tendremos más y mejores intercesores ante Dios. Desde el purgatorio nos pueden ayudar e interceder por nosotros; pero, cuando estén en la plenitud de su amor en el cielo, lo podrán hacer más y mejor. Por eso, nuestro amor a los seres queridos debe permanecer fuerte y vivo más allá de la muerte. 

“Es bueno y piadoso rezar por los difuntos para que sean liberados de sus pecados” (2.Mac 12,43)


Capítulo 7: El valor de la misa. La Virgen María. Pensamientos

EL VALOR DE LA MISA

Ya hemos dicho varias veces que lo que más ayuda a las almas del purgatorio son las misas. La Vble. Ana Catalina Emmerick dice: “Vi cuán admirables bendiciones nos vienen de oír la misa y que con ellas son impulsadas todas las buenas obras y promovidos todos los bienes y que, muchas veces, el oírla una sola persona de una familia basta para que las bendiciones del cielo desciendan ese día sobre toda la familia. Vi que son mucho mayores las bendiciones que se obtienen oyéndola que encargando que se diga sin asistir”. Suelen decir los santos que las almas asisten al lugar donde se celebra una misa por ellas y allí adoran con toda devoción a Jesús Eucaristía. Algunas almas tienen la gracia de pasar su purgatorio en una iglesia para poder asistir a las misas y poder adorar continuamente a Jesús sacramentado. Esta gracia suele darse a quienes en vida han amado especialmente a Jesús Eucaristía. 

A este respecto, le decía la Virgen María al P. Esteban Gobi del Movimiento Sacerdotal Mariano: “En la Eucaristía está Jesús permanentemente rodeado por innumerables milicias de ángeles, de santos y de almas del purgatorio” 
(31-3-1988). 

Pierre Louvet en su libro “El purgatorio” cuenta el caso de una joven virtuosa, a quien se le apareció una amiga difunta, que pasaba su purgatorio ante el sagrario de la iglesia parroquial. Esta joven afirma que es imposible explicar el humilde respeto y la devoción tan grande con que asistía el alma a las misas, especialmente en el momento de la consagración. Cada vez que ella iba a comulgar, el alma estaba a su lado y la acompañaba para disfrutar de la cercanía de Jesús sacramentado. 

Veamos un caso ocurrido en la Ferriere, Francia, en 1154. Este milagro está documentado en el libro “De miraculis” de Pedro Cluniacense (libro 2, cap. 2). Un minero quedó sepultado por un desprendimiento de tierras en una mina. Después de ocho días, lo dieron por muerto. Su mujer empezó a mandar celebrar una misa por su alma cada semana. Solamente una vez se olvidó de esta práctica piadosa. Al cabo de un año, un grupo de mineros logró rescatarlo con vida, al hacer trabajos de exploración. Le preguntaron cómo había podido sobrevivir durante tanto tiempo y él respondió: “Un joven resplandeciente como el sol y de una belleza celestial, que llevaba en la mano una antorcha encendida y la fijaba en la roca delante de mí venía y me dejaba un gran pan con agua y me consolaba para que comiera y tuviera esperanza. 

Luego desaparecía y volvía a aparecer cada semana. Recuerdo que solamente una vez pareció olvidarse de mí, dejándome en tinieblas y sin alimento “. Entonces, todos reconocieron en él a su ángel custodio, que le traía los socorros que su esposa le conseguía con la misa semanal, que mandaba celebrar por él. excepto en la semana que se había olvidado. 

Otro caso de la vida de San Pedro Dami ano (1007-1072). Se cuenta que, siendo muy niño aún, perdió a sus padres y tuvo que vivir con su hermano mayor que lo trató con mucha dureza y vivía comiendo las sobras de la casa y con la ropa vieja y sin zapatos, cuidando cerdos. Un día, se encontró por la calle una moneda y no sabía qué comprarse. Por fin, se decidió por mandar celebrar una misa por las almas de sus padres. A los pocos días, otro hermano suyo sacerdote, lo llevó a su casa, donde recibió un buen trato y pudo estudiar, llegando a ser cardenal y un gran santo, doctor de la Iglesia. 

En la vida del Beato Enrique Susso (1296-1365) se relata que, cuando estaba estudiando en la Universidad de Colonia, en Alemania, hizo mucha amistad con otro religioso dominico como él. Un día se prometieron que el primero que muriera debía recibir del otro el beneficio de dos misas semanales por el espacio de un año. Después de un tiempo, murió el compañero de Fray Enrique y éste rezó mucho por él, pero no cumplió con la obligación de las misas. Un día se le apareció su amigo difunto y le echó en cara el incumplimiento de su promesa. El amigo le dijo que no bastaban sus oraciones, que necesitaba las misas para poder ser liberado. Al poco tiempo, se le apareció de nuevo para agradecerle las misas y decirle que ya estaba libre y volaba al cielo. 

En 1817, en París, una pobre mujer, que trabajaba de doméstica en una casa, tenía la piadosa costumbre de mandar celebrar una misa cada mes por las benditas almas del purgatorio. Habiendo perdido su trabajo por una enfermedad, al salir del hospital, tenía apenas lo suficiente para mandar celebrar una misa, pero dudaba si hacerlo o guardarse el dinero para sus urgentes necesidades, porque no tenía más. Al fin, se decidió por mandar celebrar la misa mensual. Al salir de la Iglesia, encontró un joven alto, de noble aspecto, que le dijo: “Si busca trabajo, vaya a tal dirección y lo encontrará “. La piadosa señora fue a la dirección indicada y, en ese preciso momento, salía despedida la anterior empleada. La señora de la casa la recibió y ella, viendo en la entrada la fotografía de un joven, le dijo: “Señora, ese es el joven que me ha hablado de venir aquí”. La dueña de casa se quedó admirada, pues era su hijo Enrique, que había muerto hacía dos años. 

Dice María Simma: “Recuerdo una joven que deseaba orar mucho por las almas del purgatorio. Su madre le sugirió que asistiera a dos misas los domingos, en vez de una, en su favor. Ella lo hizo así. Un día el sacerdote se dio cuenta y le dijo que la segunda misa no era válida para cumplir con el precepto y que, por tanto, perdía su tiempo. Ella dejó de asistir Pues bien, este sacerdote, después de muerto, se le apareció y le pidió que asistiera a todas las misas que debió asistir los domingos, pero que por sus malos consejos no había asistido para así poder salir del purgatorio”. 

María Simma cuenta otro caso: “Un alma vino a visitarme, diciéndome que sería liberada, si sus hijos mandaban celebrar por ella setenta y cinco misas en días ordinarios. Me dijo: Estoy en el purgatorio, porque no les he enseñado el valor de la misa en los días de semana. Sus hUos dijeron que pagarían las misas y todo estaría solucionado, pero yo les respondí: No, eso no servirá, la razón por la que vuestra madre está en el purgatorio es por no haberles enseñado el valor de la misa entre semana. Por eso, deben participar todos a esas misas, teniendo en el corazón la intención de ayudar a la mamá. Hasta hoy día vienen casi todos los días a misa. Los conozco y puedo decir que ahora sí aprecian la misa entre semana y no sólo los domingos”. 

Veamos la experiencia de una religiosa contemplativa, que vive todavía. Ella era, entonces, sierva de María y asistía por las noches a una señora anciana. Esta señora tenía un hijo, que estaba muy grave con cáncer y que murió antes que ella. La anciana vivía con una hija, que tenía hijos pequeños, y todos formaban una familia muy cristiana y muy unida. Dice así: “Por las noches, rezaba yo el rosario con su hija y esposo y me contaban lo bueno que había sido el difunto y cómo iba todos los días a la misa ya la comunión, cuántas limosnas daba a los pobres y otras muy buenas acciones que había hecho. Según ellos, ya estaría en el cielo y no necesitaría oraciones. 

Dos o tres días después de su muerte, a las tres de la mañana, estaba yo orando, cuando empecé a oír unas pisadas como si corriesen, eran unos ruidos y golpes que el primer día me dio un poco de miedo, pero pensé que alguno de la casa se habría levantado por no estar bien. A los tres días de oír estos ruidos, me dijo la hija de la anciana que ella también oía los ruidos y no sabía a qué atribuirlos. 

Pues bien, aquel mismo día, a las siete de la mañana, me acababa de iryo a mi convento, cuando el niño que tenían de tres años empezó a llamar a su madre. Su madre se levantó de la cama y encontró al niño sentadito en la cuna, muy contento, y le dijo muy claro: “Mamá, he visto al tío Javier”. Su madre le dijo que el tío Javier estaba en el cielo, pero insistía: “Lo he visto, ha venido aquí y me ha dicho que al morir te pidió una misa y que la mandes celebrar para poder ir pronto al cielo”. 

Era cierto, antes de morir le había encargado una misa Por su alma en la Iglesia y se había olvidado, pensando que no la necesitaba, porque era muy bueno y estaría ya en el cielo. Ese mismo día fueron inmediatamente a encargar la misa. Por supuesto, ya no volvieron a oírse los ruidos y una gran paz y alegría reinó en aquella casa”. 

Por eso, aunque creamos que están ya en el cielo, “por si acaso” no está demás seguir encomendando a nuestros familiares, aun después de varios años. Si ellos no necesitan las oraciones, el Señor se las aplicará a otros que las necesitan. La oración nunca se pierde. Siempre es eficaz. Y, especialmente, la misa, cuyo valor es tan grande que abarca a todas las personas de todos los tiempos y lugares. Cada misa, podemos decir, es una misa cósmica, pues en ella, en unión con Jesús, que es quien celebra a través del sacerdote, estamos unidos a todos los ángeles y santos, a las almas del purgatorio, a los niños del limbo y a todo el Universo. Todo está unido con nosotros, en Cristo. Sin las barreras del tiempo (del antes o el después) hasta la eternidad. La misa tiene un valor infinito, porque es la misa de Jesús y da una gloria infinita al Padre, aunque su valor práctico y de aplicación depende de nuestras disposiciones personales y de nuestra capacidad de recibir, es decir, de nuestro amor. De ahí que, cuando asistimos a una misa, debemos procurar ir bien preparados, bien confesados, para comulgar y así será mucho más provechosa para nosotros y para nuestros familiares difuntos. 


“Una lagrima por los difuntos se evapora; una flor sobre su tumba se marchita; una plegaria llega hasta el corazón de Dios”


LA VIRGEN MARÍA

María Simrna habla mucho de la Virgen María y las almas del purgatorio. Dice que María es la madre de misericordia y la madre de las almas del purgatorio. Ella va muchas veces al purgatorio a consolar a las almas, especialmente el día de Navidad, que es cuando más almas van al cielo, el viernes santo, el día de la Ascensión, de la Asunción de María y en la fiesta de “Todos los santos”. Un alma le dijo a María Simma que la Virgen le había pedido a Jesús el día de su muerte liberar a todas las almas del purgatorio y Jesús había escuchado su oración y todas las almas la habían acompañado en su Asunción gloriosa. La Virgen distribuye las gracias, de acuerdo ala voluntad de Dios. 
A los cofrades de la Virgen del Carmen les ha prometido (privilegio sabatino) sacarlos del purgatorio el sábado siguiente a su muerte. También tendrá especial misericordia con quienes han sido sus verdaderos hijos, rezándole frecuentemente el rosario. Cuenta María Simma que el 16 de diciembre de 1964 tomó dos hojas de papel para escribir dos cartas en las que quería recomendar el rezo del rosario. Dice: “Estaba escribiendo primero la dirección en los sobres, cuando veo a Satanás que estaba a mi derecha, mirándome con ojos de odio, cogió las dos hojas y las tiró, dejando en ellas la marca de una quemadura de fuego. Todavía las conservo para demostrar el poder del rosario contra el demonio “. 

“Otro día estaba sentada, comenzando a rezar el rosario, cuando tuve que salir un momento de la habitación y dejé el rosario sobre la silla. Al regresar el rosario estaba sobre la mesa, anudado de modo increíble, y no podía desatarlo. Entonces comprendiendo que había sido Satanás, le dije: Arregla esto o te saco ahora mismo diez almas del purgatorio. Y ante mis ojos aquellos nudos se deshicieron fácilmente, y seguí rezando tranquilamente el rosario. Satanás no quiere que rece el rosario por las almas”.

Y sigue diciendo: “Algunas almas han rezado conmigo el rosario, que después de la misa, es la oración más eficaz. Un día de 1950, subí al último coche del tren. El tren estaba totalmente lleno, pero en ese coche solo había una señora. Ella sacó su rosario del bolsillo y me dijo, si podía rezar el rosario con ella. Yo acepté. Entonces, pensé: Si esto se lo dije a todos los que entren aquí, se va a quedar sola. Cuando terminamos, me dijo: Demos gracias al Señor. Y desapareció. Así me encontré sola en un coche del tren en un día en que estaba totalmente lleno. Yo, en ningún momento, había sospechado que se tratara de un alma del purgatorio hasta que desapareció “. 

Amemos a María y pidamos su intercesión por las almas de todos los difuntos, incluidos los más olvidados y abandonados. Para quienes rezan por las almas benditas, Ella tendrá una misericordia especial también después de su muerte. 

“Santa María,
madre de Dios
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte
Amén”.


PENSAMIENTOS

Tú eres ciudadano del infinito, peregrino de la eternidad. 
Estás hecho de amor y para amar. No te detengas en tu camino. 
Sigue avanzando, buscando siempre lo mejor y lo más bello. 
El amor será la luz de tu camino. Y no olvides que un ángel de 
Dios te acompaña y te guía. 

Recuerda siempre que el amor es lo que te da la vida, porque sin amor estarás muerto en vida. Un pobre amor deberá ser purificado en el purgatorio. Un vacío total de amor será tu infierno eterno. Por eso, pregúntate a ti mismo cuánto amor tienes en tu corazón. No te contentes con cualquier cosa, aspira siempre a lo más alto y más profundo, aspira siempre a las alturas de la divinidad y así conseguirás una verdadera santidad y un corazón lleno de Dios. 

Vive para la eternidad, camina hacia el infinito. No te detengas. Camina hacia Dios. La Eucaristía será para ti el “pan de vida”, el pan para tu vida. Allí, en el sagrario de cada Iglesia, encontrarás a Jesús, que siempre te espera, que siempre te ama, que siempre te escucha. María te llevará hacia El, no la olvides. 

Y procura estar siempre preparado. Que el momento de la muerte te encuentre “listo”. Y, en ese momento supremo, toma tu vida con cariño entre tus manos y ofrécesela con todo tu amor a tu Padre Dios. Ojalá que te lleve directamente al cielo, a la plenitud de la vida, del amor y de la felicidad. Y esto mismo les conceda a todos tus familiares. 

“Que las almas de tus familiares difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén”







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CONSAGRACIÓN DEL MATRIMONIO AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

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"Oh, Corazón Inmaculado de María, refugio seguro de nosotros pecadores y ancla firme de salvación, a Ti queremos hoy consagrar nuestro matrimonio. En estos tiempos de gran batalla espiritual entre los valores familiares auténticos y la mentalidad permisiva del mundo, te pedimos que Tu, Madre y Maestra, nos muestres el camino verdadero del amor, del compromiso, de la fidelidad, del sacrificio y del servicio. Te pedimos que hoy, al consagrarnos a Ti, nos recibas en tu Corazón, nos refugies en tu manto virginal, nos protejas con tus brazos maternales y nos lleves por camino seguro hacia el Corazón de tu Hijo, Jesús. Tu que eres la Madre de Cristo, te pedimos nos formes y moldees, para que ambos seamos imágenes vivientes de Jesús en nuestra familia, en la Iglesia y en el mundo. Tu que eres Virgen y Madre, derrama sobre nosotros el espíritu de pureza de corazón, de mente y de cuerpo. Tu que eres nuestra Madre espiritual, ayúdanos a crecer en la vida de la gracia y de la santidad, y no permitas que caigamos en pecado mortal o que desperdiciemos las gracias ganadas por tu Hijo en la Cruz. Tu que eres Maestra de las almas, enséñanos a ser dóciles como Tu, para acoger con obediencia y agradecimiento toda la Verdad revelada por Cristo en su Palabra y en la Iglesia. Tu que eres Mediadora de las gracias, se el canal seguro por el cual nosotros recibamos las gracias de conversión, de amor, de paz, de comunicación, de unidad y comprensión. Tu que eres Intercesora ante tu Hijo, mantén tu mirada misericordiosa sobre nosotros, y acércate siempre a tu Hijo, implorando como en Caná, por el milagro del vino que nos hace falta. Tu que eres Corredentora, enséñanos a ser fieles, el uno al otro, en los momentos de sufrimiento y de cruz. Que no busquemos cada uno nuestro propio bienestar, sino el bien del otro. Que nos mantengamos fieles al compromiso adquirido ante Dios, y que los sacrificios y luchas sepamos vivirlos en unión a tu Hijo Crucificado. En virtud de la unión del Inmaculado Corazón de María con el Sagrado Corazón de Jesús, pedimos que nuestro matrimonio sea fortalecido en la unidad, en el amor, en la responsabilidad a nuestros deberes, en la entrega generosa del uno al otro y a los hijos que el Señor nos envíe. Que nuestro hogar sea un santuario doméstico donde oremos juntos y nos comuniquemos con alegría y entusiasmo. Que siempre nuestra relación sea, ante todos, un signo visible del amor y la fidelidad. Te pedimos, Oh Madre, que en virtud de esta consagración, nuestro matrimonio sea protegido de todo mal espiritual, físico o material. Que tu Corazón Inmaculado reine en nuestro hogar para que así Jesucristo sea amado y obedecido en nuestra familia. Qué sostenidos por Su amor y Su gracia nos dispongamos a construir, día a día, la civilización del amor: el Reinado de los Dos Corazones. Amén. -Madre Adela Galindo, Fundadora SCTJM

CONSAGRACIÓN DEL MATRIMONIO A LOS DOS CORAZONES EN SU RENOVACIÓN DE VOTOS

CONSAGRACIÓN DEL MATRIMONIO A LOS DOS CORAZONES EN SU RENOVACIÓN DE VOTOS
Oh Corazones de Jesús y María, cuya perfecta unidad y comunión ha sido definida como una alianza, término que es también característico del sacramento del matrimonio, por que conlleva una constante reciprocidad en el amor y en la dedicación total del uno al otro. Es la alianza de Sus Corazones la que nos revela la identidad y misión fundamental del matrimonio y la familia: ser una comunidad de amor y vida. Hoy queremos dar gracias a los Corazones de Jesús y María, ante todo, por que en ellos hemos encontrado la realización plena de nuestra vocación matrimonial y por que dentro de Sus Corazones, hemos aprendido las virtudes de la caridad ardiente, de la fidelidad y permanencia, de la abnegación y búsqueda del bien del otro. También damos gracias por que en los Corazones de Jesús y María hemos encontrado nuestro refugio seguro ante los peligros de estos tiempos en que las dos grandes culturas la del egoísmo y de la muerte, quieren ahogar como fuerte diluvio la vida matrimonial y familiar. Hoy deseamos renovar nuestros votos matrimoniales dentro de los Corazones de Jesús y María, para que dentro de sus Corazones permanezcamos siempre unidos en el amor que es mas fuerte que la muerte y en la fidelidad que es capaz de mantenerse firme en los momentos de prueba. Deseamos consagrar los años pasados, para que el Señor reciba como ofrenda de amor todo lo que en ellos ha sido manifestación de amor, de entrega, servicio y sacrificio incondicional. Queremos también ofrecer reparación por lo que no hayamos vivido como expresión sublime de nuestro sacramento. Consagramos el presente, para que sea una oportunidad de gracia y santificación de nuestras vidas personales, de nuestro matrimonio y de la vida de toda nuestra familia. Que sepamos hoy escuchar los designios de los Corazones de Jesús y María, y respondamos con generosidad y prontitud a todo lo que Ellos nos indiquen y deseen hacer con nosotros. Que hoy nos dispongamos, por el fruto de esta consagración a construir la civilización del amor y la vida. Consagramos los años venideros, para que atentos a Sus designios de amor y misericordia, nos dispongamos a vivir cada momento dentro de los Corazones de Jesús y María, manifestando entre nosotros y a los demás, sus virtudes, disposiciones internas y externas. Consagramos todas las alegrías y las tristezas, las pruebas y los gozos, todo ofrecido en reparación y consolación a Sus Corazones. Consagramos toda nuestra familia para que sea un santuario doméstico de los Dos Corazones, en donde se viva en oración, comunión, comunicación, generosidad y fidelidad en el sufrimiento. Que los Corazones de Jesús y María nos protejan de todo mal espiritual, físico o material. Que los Dos Corazones reinen en nuestro matrimonio y en nuestra familia, para que Ellos sean los que dirijan nuestros corazones y vivamos así, cada día, construyendo el reinado de sus Corazones: la civilización del amor y la vida. Amén! Nombre de esposos______________________________ Fecha________________________ -Madre Adela Galindo, Fundadora SCTJM

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